PRIMER RECUERDO
por Santiago Solano Grande
Los ojos de la niña trepan por la pared de la casa. Suben y se paran en el pequeño ser vestido de verde, todo de verde, de grandes ojos y pequeñas orejas puntiagudas. Está sentado en el corazón de la columna, con los pies batiendo el aire, canturreando una canción y pelando una manzana con un cuchillo de hoja enana muy afilada. Ella tiene la mano derecha señalando el estómago porque sabe que en cuanto él la vea así, pidiéndole comida, él dejará caer un trozo de fruta para ella.
El ser vestido de verde, todo de verde, se llama Alturas y es muy viejo, más viejo que el más viejo de los viejos de Tariego del Cerrato. La niña se llama Botas Rosas y es la niña más especial del pueblo. Tan exclusiva es que es la única en toda La Comarca que puede ver a los seres el agua, también a los del bosque, y de vez en cuando, como ocurre ahora, a los gnomos del ayer.
Botas Rosas sale a pasear todas las tardes, más allá de las cinco, cuando la campana de la torre está pensado si avisar que casi son y media. Le pone la correa al peluche gigante, sopla sobre él para que cobre vida, y enfila calle abajo, hacia el río. Le gusta la música del agua, el batir de palmas de los árboles, el siseo de las hojas cuando saltan al vacío buscando el verde y la humedad de la tierra. Le gusta sobre todo la luz, el esfuerzo de la luz cuando quiere ponerse a la niebla por montera, el beso de la luz sobre la corteza de los árboles, la delgadez de la luz sobre la superficie del aire.
Los ojos de Botas Rosas y de Alturas se encuentran. Ella sonríe y le hace un gesto de hambre, como si se rascara el estómago. Él sonríe, corta un trozo de la manzana y se la tira. La niña la levanta del suelo, la limpia, se la mete en la boca, la mastica. Y cuando alza la vista para darle las gracias, él ya no está allí.
Él está ya detrás de la barrera de la invisibilidad. Al otro lado las tinieblas han caído. Todo cae al otro lado: la tarde, la alegría, la infancia, incluso una lágrima viva del ojo de un gnomo.