LAS CENIZAS DE MAX, MI ABUELA
por Nelken Rot
Por las noches mirábamos el fuego, mi abuela y yo. Nos fascinaba la danza de las llamas. Para mí el mayor regalo era bucear en la chimenea oscura, y alcanzar el brillo de las estrellas en lo alto, que sin duda, me miraban a mí, dispuestas a proteger nuestros sueños para el futuro. Mi abuela no me dejaba acercarme tanto al fuego como yo quisiera, obstinada en alcanzar la complicidad con las estrellas. Así que después de horas de dar la espalda a la televisión y seguir el vals de los sarmientos crepitantes, pesarosa me iba a dormir, no sin que antes me hiciera una trenza y jugásemos al calor entre las mantas, junto con mi hermano; todos en la misma cama grande de sábanas húmedas bajo una noche estrellada, sin nubes y con los silbidos del viento que azotaban sin tregua a las persianas.
A la mañana siguiente, limpiábamos juntos la chimenea y echábamos las cenizas en un cubo de zinc, entre mi hermano y yo sacábamos el cubo al porche para que mientras desayunábamos se fueran enfriando las ascuas de la noche anterior. Ya con la cara lavada, sin rastro de pavesas, con la bufanda y las botas de goma puestas, salíamos al huerto de detrás de la casa, y devolvíamos los sueños y los recuerdos; entreverados con nuestros cuidados y la escarcha de la mañana. Todo para favorecer el ciclo de la vida, y continuar la rutina de los días. En breve, había que preparar una lumbre nueva para cocinar el potaje con puchero.
Y así, con este ritual de la mañana, repartíamos todos los pedazos de corazoncitos infantiles magullados por los juegos en la calle, las proyecciones de futuro fantásticas, y los rescoldos del calor protector del corazón de nuestra abuela, todos juntos para que reposaran bajo la tierra en diciembre, el mes del frío y la navidad. Después del largo invierno resurgirían los campos y la siembra con colores intensos y renovados en el mes de las flores. Todo gracias a las cenizas que protegen a los surcos de los bichiños perversos que lo devoran todo, decía mi abuela. Los recuerdos hay que devolverlos a la tierra para que sigan su curso y no se nos queden pegados al cuerpo, recordad, mis niños; los lamentos en casa enferman a las personas que la habitan.
Max si que sabía, éste es uno de los grandes legados de una mujer sabia que, aunque leía poco y escribía prestando toda la atención del mundo a su lista de la compra, poco nos habló de lo que aprendió en la escuela del crucifijo. Sin embargo, nos abrió las puertas a la fantasía, al amor incondicional, la escucha a la madre tierra y la alegría de estar vivos.
Echando para atrás las manecillas del tiempo, y volviendo a mirar el fuego, observo que Max conocía de primera mano, los misterios de la naturaleza, mil gracias sabia Max. Ahora en las ciudades ya no hay cubos de zinc, y las últimas higueras están siendo desterradas. Sin embargo, cada mes de diciembre, vuelvo al campo a depositar los recuerdos y los sueños, rosas rojas sobre tus cenizas, para que el ciclo de la vida continúe.