EL CINE QUE NUNCA EXISTIÓ
por Mila Aumente
Milagritos le dice a su mamá: Quiero ir al cine, a ver la película de Sissi Emperatriz. Doña Cándida, su madre, cansada de los continuos caprichos de la niña, le niega rotundamente su última petición, a la vez que le aconseja a qué debe dedicar su tiempo: Lo que debes hacer es estudiar más. Y sí, vas a ir al cine, pero al de las sábanas blancas. Milagritos tiene nueve años y no entiende muy bien dónde puede estar ubicado ese cine de un color tan soso. A ella le gustan los colores fuertes: el rojo, el naranja, el amarillo y sobre todo el azul –como el color del cielo–. A su prima Mari Carmen le regalaron un vestido de princesa el día de su primera comunión y Milagritos lloró de envidia. Mientras tanto, se conformaba con los dos pares de zapatos (tres tallas más grandes de lo que necesitaba) que le obsequiaron en tan maravilloso día. Su madre le dijo: Te están un poco grandes, pero no hay problema, rellenamos las puntas con algodones y así te servirán para varios años. Dos años más tarde, los agujeros en las suelas impidieron que Milagritos pudiese calzar esos zapatos sin el relleno. Doña Cándida dio un beso de buenas noches a la niña que yacía tumbada en una cama niquelada, entre sábanas blancas como su alma.
Hoy, la alarma del móvil ha despertado a Milagros entre sábanas de colores. Mañana cumplirá cincuenta años, y está triste porque nunca ha tenido un vestido de princesa. Se acuerda de Milagritos, del reino que construyó entre sueños. Y ha olvidado en qué momento los avatares de la vida lograron destruirlo.
La metáfora de doña Cándida al emplear aquel “nombre de cine” para mandarla a la cama, despertó en la niña una más de sus muchas curiosidades. Preguntó a cada una de sus amiguitas si ellas conocían ese cine. Y ante la negativa de todas ellas, Milagritos comenzó a forjar en su imaginación un local mágico, lleno de príncipes y princesas... Mamá la quería mucho y nunca la llevaría a un sitio que no fuese de su agrado.
Milagros sonríe ante el recuerdo de la niña y se entristece ante la evidencia de un mundo cruel donde, a veces, la soledad del presente nos obliga a trasladarnos al mundo de la infancia. Esa etapa de la vida, donde las ilusiones y el desconocimiento de la misma nos hace ser felices.
Milagros abre la ventana de su habitación y, mientras observa con tristeza a sus vecinas marchitas como los geranios de los balcones, ve cómo Milagritos baja la persiana e instala en su alcoba una sábana blanca a modo de pantalla. Después, se pone cuidadosamente un vestido de princesa y baila al son de la música de un vals que se escucha en el ambiente. La música ha cesado. En la pantalla están proyectando “Sissi Emperatriz”.