cABECERA
 

EL SECRETO DE LOS LIBROS
por Mari Carmen Azcona



          Desde pequeña siempre he tenido, entre mis manos o en la cabecera de la cama, un libro siempre dispuesto hacerme compañía. Leía todo lo que caía en mis manos. Libros de suspense en los que me unía a los personajes y juntos encontrábamos las claves para desvelar el misterio de alguna casa encantada. Libros de aventuras en las que me enrolaba en alguna expedición en busca de una isla misteriosa o una dorada ciudad perdida en el fin del mundo. De manos del conejo blanco de Alicia crucé el espejo y celebré con el sombrerero loco mi no cumpleaños. Junto al Principito busqué por los distintos planetas una maravillosa rosa y con Juan Salvador Gaviota volé alto hasta conseguir la libertad.
          Recuerdo que mi padre se ausentaba de casa por razones de trabajo. Y yo anhelaba su regreso porque sabía que, junto a su sonrisa y un beso, traía bajo el brazo un libro, un nuevo amigo que me llevaría a iniciar otras locas aventuras.
          Mi vida está llena de anécdotas como estas relacionadas con los libros. Cuando compro un nuevo libro deseo llegar a casa y, en el tiempo libre que me deja la rutina diaria, comenzar su lectura. Leo con avidez, deseando que llegue el desenlace, aunque se que ese mismo fin me sumerge en una nostalgia similar a la que se siente cuando un amigo se aleja sin saber cuando volverás a verlo. Siempre he amado la Literatura, pero hubo un momento en mi vida que me enseñó a amar los libros, sobre todo, aquellos libros usados y gastados que caen en mis manos.

          Una tarde de invierno, hace muchos años, llegó mi padre cargado con una enorme caja repleta de libros que había comprado a un compañero del trabajo. ¡Qué emoción! Había libros históricos, de aventuras, novelas románticas... De entre todos ellos llamó mi atención un libro granate con unas maravillosas letras góticas grabadas al fuego. Parecía antiguo. Automáticamente busqué en sus primeras hojas el año en el que fue impreso:1920. Tenia unas gruesas hojas amarillentas y hermosos grabados de unos paisajes para mí desconocidos. En la primera página una solitaria anotación : Laura 1925. Cerré el libro y examiné su encuadernación. Sus hojas estaban cosidas con un fino cordel crema. Las tapas estaban encuadernadas en una suave piel granate cuarteada por el contacto de las manos que lo habían leído. Decidí que ese sería el primer libro que leería. Con un paño le apliqué un poco de crema consiguiendo que su piel ganara un poco de brillo y color. Con mimo lo dejé en la mesita de noche.
          Tenía frío, no me encontraba bien, y me acosté ¡Qué bien se estaba en la cama! Siempre leo antes de acostarme y esa noche no fue distinta. Cogí el libro y comencé su lectura. El relato empezaba con una descripción del Londres de finales del siglo XIX: la afamada Torre de Londres, sus parques con bruma, las campanas de la abadía de Westminster… De repente sentí un enorme mareo. Cerré un momento los ojos con la esperanza de que se pasara mientras sentía que la habitación giraba a mi alrededor. Transcurridos unos minutos la sensación de confusión se mitigó y abrí los ojos.
          ¿Dónde estaba? Aquella no era mi habitación. Me encontraba tendida en un florido diván que no reconocía. Una tenue luz dorada iluminaba esa extraña estancia y flotaba en el ambiente un dulce aroma de lavanda. Todo a mi alrededor me recordaba el decorado de una película de época. Lámparas de gas, pesados cortinajes en los ventanales, una gran mesa de comedor con unos candelabros plateados, un antiguo piano de cola...
          En una esquina del salón, junto a una hermosa chimenea encendida, sentada en un sillón, se hallaba una anciana dama que no pareció notar mi presencia. Tenía la mirada extraviada, fija en algún punto de la calle que se divisaba tras el cristal. Entre sus delicadas manos aferraba fuertemente lo que parecía ser un libro con cubiertas granates y letras doradas. Era una mujer de avanzada edad. El tiempo había sido benévolo con ella apenas causando estragos en su rostro. Tan sólo unas arrugas alrededor de los ojos delataban que, en otro tiempo fue una mujer risueña. Era delgada, muy frágil, y mantenía una postura encorvada, como si llevara todo el peso del mundo en sus hombros. Una redecilla recogía su pelo, blanco como la nieve, en la nuca, dejando despejada el rostro. Tenía los ojos de un precioso color verde esmeralda. Unos ojos que, en otro tiempo, fueron limpios y brillantes pero ahora se aparecían apagados por el cansancio y la tristeza.
          Me acerqué a ella. Alargué la mano muy lentamente para llamar su atención. Pero no hubo respuesta, tan sólo un suspiro surgió de sus labios, como si yo no existiera. Ella no notó el contacto de mi mano y, sin embargo, yo percibí la pena que desgarraba su corazón. Me senté frente a ella. Una pequeña perla plateada rodó por su mejilla. De repente alcé la vista y en sus ojos no vi sino una intensa alegría.
          - Dulce sueño eterno, por fin llegas a mí.
          Sus labios no se movieron. ¿Quién había pronunciado esas palabras? Giré la cabeza pero no vi a nadie.
          -Hace mucho, mucho tiempo que te espero.
          ¡Otra vez! ¿Qué ocurría? Miré a la anciana y comprendí que era su alma la que me hablaba.
          -Llevo casi un siglo en este mundo, un mundo que apenas si reconozco. Estoy tan cansada… Fuiste injusta conmigo, me dejaste completamente sola. Te llevaste a mi familia, a todos mis amigos... Hasta a mi gran compañero. Ahora quiero ir contigo para reunirme con ellos, sé que están esperándome.
          Cerró los ojos y dejó caer el libro que tenía entre sus manos. Lo recogí del suelo. Había quedado abierto por la primera hoja. Y en ella se veía una solitaria anotación: Laura 1925. Junto al libro encontré una antigua fotografía de boda de una feliz pareja de novios. Él orgulloso, ella muy bella. Con unos hermosos ojos verdes. Levanté la mirada para ver el rostro feliz y sereno de la anciana.
          -¿Estas mejor cariño? ¿Qué tal te encuentras?
          Una voz familiar sonaba ahora en la lejanía. Era mi madre, quien, de repente, se encontraba en la cabecera de mi cama, con rostro preocupado, refrescando mi cara con un paño impregnado de un dulce olor a lavanda.
          Le conté lo sucedido pero no me creyó.
          -Has estado delirando toda la noche, tenías cuarenta grados de fiebre.
          Cerré los ojos y me sumí en un placido sueño. Al despertar, en mi mesita de noche, se hallaba el libro granate que había decidido leer. Abrí el libro y de sus páginas cayó una vieja fotografía de boda. Él orgulloso, ella con unos hermosos ojos verdes esmeralda.

          No sé lo que ocurrió en realidad ese día. Sería delirio o no, pero desde entonces creo que los libros tienen alma. Igual que todos aquellos que nos rodean van dejando su huella en nosotros, entendí que, al leer un libro, también dejamos nuestra huella en él. Yo lo sé porque una vez lo sentí. Jamás entenderé la razón que induce a ciertas personas a deshacerse de los libros como si fueran trastos viejos. Cuando tengo un libro, ya usado, entre mis manos, rebusco entre sus páginas intentando encontrar sus tesoros más secretos: antiguas y queridas fotografías utilizadas como marcapáginas, la carta de amor de algún adolescente, flores que alguien guardó para no perder su recuerdo, postales de países exóticos a los que el poseedor deseó ir.
           Detrás de cada carta, postal u objeto que encuentro, hay una historia de personas anónimas que yo deseo desenterrar.

 

 

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