POEMA COMENTADO
por Enrique Gracia
El comentario
El poema “Tratado de los gestos” está incluido en el libro “Todo es papel” (editorial Agua Clara, Alicante, 2002) que obtuvo el accésit del Premio Ciudad de Torrevieja.
Para los más avisados este comentario será superfluo pero lo dejo aquí para aquellos que aún confunden la poesía libre y la de verso blanco, para los que no tienen muy claro que los versos pueden no ser poesía mientras que algo escrito “a caja” es decir, al modo de la prosa, sí puede ser poesía. El término “prosa poética” es una engañifa que debería desterrarse salvo cuando la prosa tenga cierto alcance de “belleza poética”, que no es lo mismo. Poesía es un sustantivo y lo poético una adjetivación llena, por cierto, de peligro.
Si consideramos los versículos tradicionales, los versos largos, compuestos a su vez de metros convencionales, y otras variantes igualmente antiguas (nadie debe creer que son modas de hoy) empezamos a ver que la poesía va mucho más allá del verso puro, duro y simple, de la rima más o menos sonora o de la métrica a rajatabla.
Otro asunto será hacer las cosas con desconocimiento, hablar de ritmo cuando no se sabe lo que es y se tienen hasta dificultades para distinguir un eneasílabo de un octosílabo. No saber incluso cuándo un verso que parece larguísimo está compuesto por estructuras métricas más cortas, perfectamente distinguibles por el buen oído.
Las reglas, aunque sea para romperlas, deben conocerse. El oficio bien aprendido es necesario en cualquier arte; al servicio de las ideas o bien amalgamado con ellas. Nunca darlo por periclitado y pensar como algún cretino que “como somos geniales, todo lo demás sobra”.
De todas maneras, aprovecho para insistir en que las fronteras de los géneros están muy debilitadas últimamente; y no es nada malo que así sea.
Así, este poema no puede ni debe considerarse poesía libre, y mucho menos prosa. Está compuesto por versos anisosilábicos impares agrupados en versículos. Es decir que podría descomponerse en versos blancos de tipo italiano.
Aunque no se precise explicación alguna para el tema, quisiera comentar que se apoya en el criterio de que la poesía, para mí, nace sobre todo de la observación del mundo, personas, cosas, uno mismo... En el fondo es una forma de mirar el mundo. Y defiende la idea de que nada es ajeno a la creación poética, como nada es ajeno a cualquier tipo de creación artística.
El poema
TRATADO DE LOS GESTOS
A Soledad Serrano que creyó en este poema antes que yo.
Algunos gestos son arrojadizos, están llenos de furia, listos para que el aire se ilumine y sepa la distancia, la infinita distancia miserable que separa a los hombres de la vida.
Otros son aún más rápidos, una ráfaga, un brillo, un chasquido de luz. Son para confianza de la piel, para que no se nos olvide la caricia más tenue.
Muchos parecen sin sentido pero tienen misterios en la manga, secretos incurables, decididas nostalgias, horror a la distancia que los niegue o devore.
La mayoría de los gestos no son más que sustancia de abandono, impecable blancura, milagro inusitado, carne sola, manera de existir.
Tened a mano siempre vuestro gesto, que lleve nombre o contraseña. No lo perdáis de vista por si os es necesario para pensar, amar, decir quién sois; para reconoceros, entregaros, ocupar vuestro puesto en la escena del mundo.
Así reposa el índice en los labios, artesa de los besos y el silencio, así damos la espalda no entregada, la espalda en que nos vamos, dócil gesto de adiós o sígueme.
Así se tiran dados por la mesa, con un leve desorden de las uñas, tras haberlos mimado entre los dedos: “¡Allí, allí !” cantan luego los dados. Y el gesto se hace ajeno aunque fue nuestro.
Así se arroja el guante o la toalla, soberbio desafío o rendición, campo de hierba y sangre, cuadrilátero hermético de cuerdas, de pasión y de gritos, lugar de amor o espacio de locura
Así nos despedimos frotando la distancia con la mano, desafiamos al espejo con los dientes o entornamos los ojos para ver más hondo.
Encogerse de hombros es todo un recital de ergonomía.
Así son tantos gestos que hacen alta la vida.
Llevar la mano al pelo y retirarlo para que no sofoque la tristeza ni oculte los deseos, mirar sin ver la hora del reloj, que puede ser la nuestra algunas veces, acurrucar los dedos sudorosos ocultos en el alma del bolsillo, mirar al fondo de metal o vidrio, cuando en el ascensor gime el silencio.
Unos gestos ayudan, otros duelen, aquéllos dejan ácida la boca, éstos los ojos tristes, la memoria tensa.
Los hay que alegran y los hay terribles. A veces todo al mismo tiempo, como un beso tirado en el vacío, o un dedo que se agita reclamando, riñendo, dueño de aviso siempre, amenazante o protector.
Tender la mano a un niño, “ten cuidado”, para que logre cruzar la vida o la calzada con nuestra palma en vilo y nuestro miedo.
Humedecer los labios, ¡oh, esa alquimia que siempre alimentó el deseo! Girar el cuello a la sartén que nos reclama mientras se bate un huevo en la cocina.
Ir pasando las páginas de un libro, sin leer, sin saber cómo; suspirar levemente cuando empieza la turbia carretera su canción, madrugado sopor, tedio, noticias.
Puño o mano tendida, caricia o bofetada, movimiento o quietud, insinuación u olvido.
Los gestos son lo que sujeta el mundo
Toser antes de hablar, quitarse un hilo de la ropa y hacer con él planetas, frotar donde las gafas estuvieron, teclear con los dedos el volante, la mesa, la rodilla impaciente.
Comprobar el botón agonizante, devolver la mirada de reojo con oficio aprendido en antiguas películas.
Todo mientras se afloja la corbata o devolvemos al lugar perfecto la hombrera de un vestido.
Los gestos son sin duda lo que sujeta el mundo.