¡AAAGGG!
por Antonio Castillo-Olivares Reixa
Me había ido haciendo poco a poco amigo suyo. Al principio se trataba únicamente de un desconocido compañero, sentado en el pupitre de al lado desde el principio del nuevo curso. Parecía amable y por ello, entre clase y clase, le empecé a dedicar cierta atención. De ahí pasamos a quedar algún fin de semana que otro para ir a al cine o simplemente pasear por el parque. Me caía bien, aunque algo de él me resultaba extraño, no sabía muy bien qué y eso no dejaba de producirme cierta inquietud. Tenía la impresión de que algún oscuro aspecto de su personalidad me quedaba vedado.
Por fin una tarde, después del “insti”, me invitó a su casa, a la mía ya había acudido en por lo menos tres ocasiones. La madre, muy simpática, nos preparó unos bocadillos para merendar, estaban buenos y los devoramos con glotonería. Los terminábamos ya, cuando la buena señora nos anunció que se iba a ausentar. Por lo visto nadie más quedaba en la vivienda. Fue entonces cuando él me manifestó que quería revelarme un secreto, enseñarme al parecer una colección muy privada que constituía uno de sus más preciados entretenimientos.
Yo, que siempre he sido un pelín retorcido en la materia, dejé volar la imaginación y me figuré una morbosa colección de tangas o incluso de pelos pubianos, pero cual sería mi sorpresa…
Me introdujo en su dormitorio y cerró tras de sí la puerta con el fiador, mostrándome con la cabeza, mientras lo hacía, la dirección de su mesa de estudio. Sobre ella descansaba una gruesa carpeta de anillas. Por mi mente cruzó un desalentador pensamiento “¡bah, qué decepción!... sellos”. Nos acercamos ambos al escritorio y él, después de lanzarme una mirada de complicidad, procedió a abrir aquel cuaderno por una página al azar.
Tengo que reconocer que antes de quedarme perplejo, tardé un instante en hacerme cargo de la inconcebible abominación que me estaba mostrando aquel mal nacido. Un surtido de diminutas como manchitas, perfectamente alineadas en filas y columnas, se extendían por la hoja de papel tamaño folio, en su mayoría de un gris apagado y otras de un deslucido pardo. No cabía duda, eran mocos, ¡Mocos!
Aquel sucio, para mí, desde ese momento un extraño, me estaba mostrando su colección de mucosidades ordenadamente pegadas en un folio, supongo que sin necesitar más fijador que su propia pegajosa untuosidad.
Al tiempo que sentía subir una furia interna a modo de fuego hacia mi cabeza, por aquella atrevida burla, una poderosa arcada estuvo a punto de hacerme vomitar al recordar la merienda recién ingerida. Le miré con enojo y aversión, y me encontré con su tierna expresión de expectativa inocencia, Casi me dio pena, ¡mas que esperaba semejante marrano!…
- Pero… ¿Qué es esta mierda!- articulé pasmado.
- No, espera… tienes que verlo antes de juzgarlo- imploró, el muy puerco.
Acomodó el archivador sobre un atril dispuesto en la mesa y seguidamente manipuló un instrumento que me había pasado desapercibido, una especie de brazo articulado provisto en su extremo de una gran lupa y una potente luz que procedió a encender. Luego me agarró del brazo y me arrastró suavemente hasta cierta posición frente a la lente.
Me encontraba en ese momento completamente invadido por el asco, hasta el punto de sentirme un tanto impedido. Me daban repugnancia la casa, todos los objetos en ella presentes y por supuesto aquella sospechosa mano asida a mi manga, pero me dejé llevar pensando que tal vez era demasiado drástico el abandonar aquel “museo de los horrores” corriendo y a viva fuerza. Ya tendría tiempo para ajustar las cuentas y romper para siempre con aquel psicópata, al día siguiente a mucho tardar.
Conseguí a duras penas superar mi repulsión y acercar mi rostro a la lupa. La intensa luz que bañaba el asqueroso cuadro, aumentado de tamaño por aquella eficaz lente, enriquecía, para mi desgracia, considerablemente el morboso panorama, de tal manera que sólo una secreción, la escogida en cada caso, ocupaba todo el protagonismo menoscabando, por fortuna, a sus compañeras de alrededor. Entonces recaí en que un diminuto rótulo, una breve clave compuesta de letras y números, aparecía bajo cada una de ellas. Aquel bastardo debía haber confeccionado un fichero detallado de la nauseabunda colección. Pero, ¿qué miserables anotaciones consignaría sobre cada uno de aquellos “trofeos”?
Mientras observaba aquel moco, enormemente resaltado por obra del maléfico artificio. Me vino a la cabeza una siniestra incertidumbre y, casi sin reflexionar, la formulé en alta voz.
- ¿Son todos tuyos?
La respuesta retumbó en mi cabeza al tiempo que provocaba nuevos espasmos en mi vientre.
- No.
- Pero… ¡¿Cómo puedes…?! –le repliqué con acritud.
Y no era una pregunta, sino un reproche, mas el guarro entendió lo contrario.
- Ah, es fácil, los encuentro en casa, en lavabos públicos, “clinex” abandonados…
- ¡Es repugnante, horroroso! ¿No te das cuenta?- le atajé impidiéndole continuar con la vomitiva relación- ¿No te da asco?
- Bueno… antes si me daban un poco de repelús los ajenos, pero ocurrió que un día confundí dos muestras, una de ellas mía, y no hubo forma de discernir cual era cual. Utilicé todos los medios a mi alcance, un tanto decimonónicos lo reconozco, mi microscopio, el juego de química… y no hubo forma, ya te digo, tal vez si lo hubieran estudiado los del “CSI” ese de la tele, ja, ja, ja, con lo del ADN ese y todo lo demás… Bueno pues desde entonces, teniendo en cuenta que soy incapaz de diferenciar mis propios mocos de los de los demás, pues ya no me dan ningún asco.
Pasmado estaba escuchando las razones “científicas” de aquel cerdo mayúsculo. El muy cabrón llamaba “muestras” a unos infames esputos. Decepcionado y herido como me encontraba, le lancé una malévola pregunta con ánimo de que él mismo se humillara todavía más, pero fingiendo interés por el moquillo encuadrado por la diabólica lupa mientras la emitía, para así no verle por un instante la cara de cochino.
- Supongo que también te los comes, claro.
- ¡Evidentemente, no! - respondió con rotundidad.
Yo no lo veía tan evidente puesto que su colección no hubiera sufrido merma de consideración teniendo en cuenta las fuentes inagotables de las que obtenía las “muestras”, pero la verdad es que la respuesta me produjo un leve desconcierto.
Observé por un instante el moco. Lo cierto es que aumentado y fuertemente iluminado, se multiplicaba su repugnancia hasta límites insospechados, podíamos decir que perdía toda su inocente estampa para convertirse en un engendro de perversos detalles.
Aquel maniaco podía haber mantenido la boca cerrada y reservarse para sí lo que añadió a continuación y que consiguió estropear la leve dignidad obtenida con su última respuesta:
- Pero si debo reconocer que saboreo algunos ejemplares, es otra forma de valorarlos en todas sus manifestaciones.
- ¡Joder!- contesté airado- eres un puto cerdo, ¿lo sabías? Y claro, debo considerar, por consiguiente, que saboreas también los que encuentras pegados en la taza del váter de cualquier tugurio. ¡Pero qué asco das, coño!
- Hombre… no todos…tampoco es…así… eso- Respondió balbuceando y confundido.
Por fin parecía estar dándose cuenta de que podía haber metido la pata mostrándome a las claras su perversión contra natura.
Tratando de aplacar mi creciente ira y quitar un poco de hierro al asunto, pues en realidad algo de remordimiento me daba el insultar a semejante cretino en la intimidad de su propio hogar, me concentré de nuevo en el moco de marras y guarde silencio por un rato, incluso me aventure a correr levemente el brazo articulado para observar una “muestra” contigua.
Descubrí que aquella era muy diferente a la anterior, tanto en color como en textura, digamos que proporcionaba un asco distinto. Miré otra, y después una más… ninguna era semejante en ningún modo a la anterior.
“Lo que es la Naturaleza”, pensé sin querer. Y por mi mente cruzó en ese instante, a modo de centella, una aterradora consideración, habría algo mío en aquella siniestra recolección. Casi deseaba no saberlo pero mi atormentada curiosidad me impelió a preguntar:
- ¿Yo también… tengo alguno?
El monstruo me miró con cara de complacencia, como si entendiera que yo empezaba a interesarme por sus torvas inclinaciones. Cerró el tomo expuesto y lo retiró del atril. Después se dirigió hacia un gran armario empotrado que ocupaba una de las paredes y lo abrió. Comprendí al momento que sí tenía algo que me pertenecía y me lo iba a mostrar.
- ¡Dime que no! Que no te has atrevido sin mi permiso… ¿Quien coño te has creído…?
- ¡No es así!, - dijo dándose la vuelta para hacerme frente- cuando uno se deshace de alguna cosa a plena conciencia deja de pertenecerle.
- Pero, ¿y que coño importa eso?
- Tú lo envolviste en un papel de chicle y lo tiraste a la papelera, y en otra ocasión lo untaste debajo de la mesa y en otra…
- ¡Vale, vale, vale!- grité para que se callara.
Me sentí abofeteado por la vergüenza. Mi rostro debió adquirir el tono de un tomate maduro, pues al rubor acompañó una ola de furor. Apreté los puños por evitar coger la silla giratoria de su estudio y partírsela en la cabeza.
- ¡Pero eso no te da derecho a utilizarme!- volví a gritar
Ahora ni me contestó, retiraba algunos bultos del altillo para dejar expedito el paso hasta una alineación de carpetas similares a la ya mostrada y emplazadas al fondo del todo, presumiblemente ocultas de la vista de sus padres. Me quedé perplejo, se podía considerar que el depósito no se limitaba a los varios cientos de mucosidades que pude calcular contenía el primer volumen, sino que alcanzaría varios miles. Años de inmundo trabajo…
Extrajo uno de los legajos, lo llevó hasta el atril y lo abrió por cierta página sin titubeos. El repelente sujeto sabía exactamente donde se encontraba alguno de los míos. Pero, ¿por qué? Por un momento sospeché algo todavía peor sobre él…
Dispuso la lupa con el foco en la posición idónea y me miró.
- ¡Ahí está!
Le dediqué una mueca de aborrecimiento y luego me acerqué a mirar.
“¡La madre del amor hermoso!”, aquello no podía ser mío, creí morir de bochorno. Un impresionante mocazo amarillo de forma estrellada surcado por una finísima veta sanguinolenta era el panorama que aparecía ante mis ojos. “¡Qué infamia!”. Aquel aparatoso subproducto de mi organismo podía pasar a la posteridad, estar algún día expuesto al público conocimiento en algún museo de rarezas, esa extraña y absurda cavilación vino a mi angustiada mente.
Como si me adivinara el pensamiento, mi repelente anfitrión tranquilizó mis tribulaciones:
- Es una colección absolutamente confidencial, al igual que no te he dicho nada a ti sobre los otros propietarios, tampoco nadie sabrá sobre los tuyos. Aparte de que no a todas las visitas muestro mi “cole”, sólo a las muy especiales, je, je, je, a tí y poco más.
- No hace falta que lo jures- repliqué con irritada sorna, y en ese momento recaí en las pocas amistades que tenía el “amigo”. “Y menos que iba a tener”.
Un poco más sosegado volví a contemplar mi secreción e incluso la comparé con los anodinos pegotes que la circundaban. Entonces algo terrible me aconteció, por un instante mi pecho se inflamó de amor propio, me estaba vanagloriando de que mi residuo fuera francamente superior a sus vecinos, ¿no es monstruoso? Por fortuna el hijo de… su santa madre, me sacó en seguida de mi quimera. Creo que fue algún tipo de venganza, si no, no le encuentro explicación.
- ¿Te ha gustado? Pues ese no es el tuyo- y movió el brazo ortopédico unos centímetros.
Pasmado, como me dejó, aún miré por el rabillo del ojo hacia la nueva “muestra” escogida, un moquillo verdoso absolutamente insulso. Esto era un nuevo golpe bajo y mucho más de lo que yo ya podía soportar. Aquel hijo de puta, ahora dicho con todas las letras, que para eso lo aprobó la Real Academia, además de loco era malo.
- ¡Mira, majete!- le contesté- Lo dejamos ya por hoy, vale. Otro día- “cuando la rana críe pelos”- me sigues enseñando tus porquerías.
Y sin más me dirigí a la puerta, descorrí el fiador y en dos zancadas me puse en la puerta de la calle sin mirar atrás.
Según me dirigía hacia mi hogar, empecé a dar vueltas sobre a quién pediría hiciese el favor de cambiarme el pupitre, y con qué excusa. Desde luego no iba a decir la verdad, porque además de que nadie se ofrecería voluntario, no pensaba hacerle propaganda al sucio demente, lo mismo le proporcionaba algún estrambótico deleite.
No, no quería saber más de él. ¿Por lo de su extravagante filia? No, eso hasta es perdonable. Porque no soporto a la gente con mala leche. En cuanto a los mocos, ahora me dan menos asco, ¡sin llegar a coleccionarlos, eh!