Pakal mira desde la altura.
Abajo están los otros,
los del mundo de las sombras.
Parece que respiraran,
oye incluso sus gritos:
júbilo cuando el sacerdote
extrae el corazón, todavía latiente,
del cuerpo del hombre ofrenda.
Pakal ve rodar la cabeza cortada
escalera abajo, ve el cuerpo bajar
hasta la nada dando tumbos.
Siente el poder de los dioses
apoderarse de él, poseerle,
como una fina lluvia revitalizadora,
como esta lluvia que hoy
alimenta la selva.
Pero de Pakal, hoy, sólo queda
la altura de la pirámide
y cierto olor a podrido.
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