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SOCIOS.....

LA HABITACIÓN ENCANTADA DE AVELINA
por Rafael Rodríguez


 

A Paloma la hechicera, a su imaginación.

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     A Avelina le encanta pasear por el techo de su habitación, más que nada por el rincón de la izquierda, al que antes de llegar da tres pasos cautos y habla hacia dentro como si de un felino se tratase.
     Avelina echa un vistazo allí y otro allá:
      - ¡Ah, qué alivio!, sigue ahí mi jardín. La araña amarilla no se ha recuperado de cataratas, y su vecina rojita cojea a base de bien por el ataque de gota que obtuvo en las últimas olimpiadas.
      En época de cosecha Avelina siempre anda dispuesta (cesta en mano y locura en los dedos), a recoger las golosinas más deliciosas que jamás probaste. Caramelos agridulces de las violetas, nubes blanquiazules de las azucenas. No era menos el aroma que desprendían las margaritas, siempre erguidas y orgullosas en su posición privilegiada.
      A las dos leguas Avelina no pudo reprimir sus ansias, debía degustar aquellas piruetas de color miel abrazadas a los pendientes de reina, y las regalices rojas y negras de los lirios caprichosos.
     Tantas golosinas comió y comió que batió todo un record en glotonería, pero, pasó dos días con sus dos noches con un mal de estomago tan horrible, que tardó un mes en volver a pasear por su jardín de laminerías.
      No era menos su rincón derecho, sólo un tanto diferente; era como si a parte de algún océano con sus cientos de peces (distraídos por completo en sus quehaceres cotidianos), lo hubiesen encerrado en un acuario gigante. Avelina dedicaba largos espacios de tiempo en el ejercicio de observar si se habían producido cambios en la comunidad acuática.
      Los tiburones seguían fumando en pipa y con sus aburridas tertulias en la cafetería de Alonso. Algo más alegres eran los caballitos de mar, delgados como el papel y ocupados todo el día en sus interminables saludos.
     - Hola don Blas, como se encuentra su lechuza.
     - Buenas tenga don Zas, mi lechuza anda como pachucha.
      Tas y Flas - dos cangrejos cachorros que son la admiración de Avelina; como sus dos hermanos menores-, siempre tenían alborotada la comunidad acuática. Sus destrozos comenzaban en la lechería frente a la entrada del colegio, y transcurrían hasta el final de la calle Sonia donde caían rendidos por tantas fechorías. No había comerciante o vecino que no padeciera un ataque de nervios a la hora de entrada y salida del colegio. Como en una competición entre atletas, cada uno se esforzaba al máximo en superar a su adversario; hacían sonar todos los timbres posibles, atascaban con chicle todas las cerraduras de los comercios - esta actividad la adoraban -, preparaban trampas para peatones, con una habilidad innata excavaban hoyos de la profundidad y anchura de un palmo, y los recubrían de cartón y tierra a la espera de algún peatón.
       Pero la víctima más codiciada por Tas y Flas, y sin duda la más afectada por su gran indulgencia, no era otra que el tímido Tío Pan y su panadería.
      - ¿Cómo se puede llamar alguien así?, te preguntarás.
      El nombre de Tío Pan le fue impuesto por sus progenitores al instante de nacer. Su madre le miro y no acertó a decir otras palabras: es un pulpo enorme con cara de pan. Y su padre movía la cabeza con gestos afirmativos hacia lo expresado por su esposa, y como en el parto se hallaba el tío de pan, en su honor quedó como primer nombre Tío, y esta es la complicada historia del origen del nombre de Tio Pan.
      Mientras Tas decidía los desayunos y distraía al Tio Pan, Flas hacia de su propiedad todas las chocolatinas que sus bolsillos podían acoger, y tan anchos se despedían hasta el día siguiente, y Avelina en vez de reprenderles y hacerles entender que todas aquellas fechorías habrían de acabar mal, aún les animaba más.
      Y así transcurrian los paseos de Avelina por el techo de su habitación.

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