Mezclo con los dedos hielo y soledad.
Mientras, en la esquina de la plaza, el acordeón
me encadena al tango con sus sombras
sin la piedad que espero.
Los últimos, ausentes,
ignorantes compañeros de este trance,
se retiran arrancándose los codos de la barra.
Y no miran
ni al mendigo inteligente de la boina, que sonríe,
ni el otoño pintado en mi mirada, que se cierra
cada vez que llevo un trago desde el vaso hasta tu ausencia.
Nos miramos, el artista y mi mirada,
en la cómplice certeza del absurdo.
Entonces, por no llenar la noche de locuras,
Inclinando la cabeza nos decimos las palabras que sabemos.
Y nos vamos.
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Si estás por hacer bien las cosas
empieza pronto.
Hazte los rizos
una vez por semana
y ponte el jersey que tan bien te sienta
y que a mÍ me emboba.
Come y bebe
ni mucho ni poco — hay que hacerlo —
que las lágrimas saben mejor cuando te ríes.
Dibuja un corazón en cualquier parque
sin atravesar y sin nombre:
los asesinos no precisan luces.
Y cuando llegues a la playa
desnúdate,
no importa que te vean.
Pon la cabeza en mis muslos y dime
como es que te dio por esta rareza
de amarme.
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