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SOCIOS.....

DOS TARDES PARA RECORDAR
por Mila Aumente


 

 

     Por favor, echa mas leña a la chimenea. Se está quedando fría la casa.
     ¿Que llevo toda la tarde callada? Sí, es cierto. Mis pensamientos retroceden en el tiempo. Estoy tan centrada en ellos, que no quiero ni levantarme del sofá por si cualquier movimiento pudiera alterarlos... ¿Qué habrá sido de las vidas de Rosa, María y Teresa? Hace tantos años que las vi por última vez... ¿Recuerdas?... Fui yo quien las citó aquella tarde en la cafetería “Encuentros”... Sólo sonríes... ¿Es que no tienes nada que decir?
     A la primera que llamé para hacerle partícipe de mi intención fue a Rosa. Busqué su número de teléfono en una antigua agenda, la llamé, y después de los saludos pertinentes le dije: He pensado que deberíamos localizar a María y a Elena, y quedar una tarde las cuatro. ¿No crees que sería muy divertido?... Si te encargas tú de localizarlas, por mí, encantada. –me contestó–... ¡Ella siempre tan práctica! Ya sabes, en esta vida cada persona tenemos nuestra particular forma de ser. La verdad es que me fue fácil localizarlas; si de algo puedo presumir, es de que, cuando tengo algún deseo, siempre me las ingenio hasta llegar a conseguirlo... Sigues sonriendo... ¿Te has quedado mudo?
     Creo que fue un acierto citarlas en aquel lugar después de pasados más de treinta años. A fin de cuentas, aquella cafetería estaba situada en el mismo lugar que estuvo la Bolera de nuestra juventud... ¡¡Qué tiempos aquellos!! Rondábamos los dieciocho años, cuando las cuatro pasábamos tardes enteras riendo sin parar, mientras coqueteábamos con los mas atractivos del sexo contrario que, al igual que nosotras, cada tarde, acudían a aquella cita que ninguno concertaba. Además, qué mejor lugar para citarlas que en el barrio Salamanca. ¿No crees?... ¿Que toda la vida he tenido aires de grandeza? No exactamente. Lo que sucede es que siempre he creído que el glamour y el saber estar van envueltos en todas las personas que viven en esa zona de Madrid. Aunque es posible que no vayas descaminado al hacer esa afirmación, y que tal vez, en el interior de la anciana vulgar que soy exista una “pija” que ni siquiera tú conoces.
     Recuerdo que llevaba diez minutos sentada en el interior de la cafetería, cuando observé que una mujer gruesa, con una larga melena poblada de canas, merodeaba por el interior del local como si buscase a alguien. Me dirigí a ella y le dije: Hola, soy Conchi... ¿Y tú?... Yo soy Rosa –me contestó–. Tuve que hacer grandes esfuerzos para disimular la impresión que tuve al tener delante de mí a aquella especie de aparición, que nada tenia que ver con la Rosa que yo conocí... ¡¡Qué bien te veo!! –me dijo–. Me asombró su afirmación, porque la consideré sincera, mientras pensaba ¡¡Ojalá pudiera decir yo lo mismo de ti!! Alejé mi pensamiento, y le contesté: Debe ser porque viajo mucho... enviudé hace diez años, y una vez superada la pena me dedico a vivir la vida.
     A escasos minutos de mantener esta conversación con Rosa, llegaron María y Aurora. Nunca he podido borrar de mi imaginación el impacto que me causó la imagen de aquellas dos mujeres con exceso de kilos y aspecto desaliñado. En fin, nada que ver con aquellas dos jovencitas con las que yo alternaba en aquella etapa de mi vida... ¡Sigo teniendo frío! ¿Has echado suficiente leña a la chimenea?
      Recuerdo la mirada picarona de María, mientras decía: Me he divorciado por partida doble porque nunca he perdido la esperanza de liarme con Manolo. ¿Os acordáis de él? Ante esta pregunta, Rosa y María contestaron con sonrisas morbosas mientras yo maquinaba sobre una ocurrencia que rondaba por mi imaginación. Las miré a las tres e impulsivamente les dije: ¿Qué os parece si le invitamos a que venga a pasar la tarde con nosotras? La verdad es que yo siempre estuve loca por él. Es una pena que los encantos de Pilar, con sus aires de mosquita muerta, se antepusieran a los míos... Y total, para qué. Si después de conseguir llevarle hasta el altar, le dejó solo con el peso de sus cuernos. Te has puesto muy serio... ¿Ya no sonríes? Deberías hacerlo; creo que el sentido del humor no debemos perderlo jamás... ¡¡Lo que es la vida!! Ni siquiera podría imaginar que aquella tarde cambiaría tanto la mía. Echa un poco mas de leña a la chimenea. ¿Te apetece jugar a las cartas?... ¡¡Qué bien se está en casa!!... ¿Verdad, Manolo?

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