Montserrat Cano


Mi casa en Babel

 

.......Lo único importante de aquella casa eran la pizarra y los libros. Y Alberto, por supuesto. La casa era perfecta: desordenada, siempre oliendo a cocido y con todas las puertas abiertas. La pizarra era uno de los numerosos muebles absurdos que acumulaba don Pedro, viudo de malas costumbres, según había escuchado en algunas conversaciones entre vecinos, y padre de Teresa, mi mejor amiga, y de Alberto. Alberto era mi amor.
.......Yo entraba con frecuencia en la casa y en el cuarto de Alberto, lugares ambos a los que cualquiera podía pasar. Allí, en la pizarra, aparecían habitualmente mensajes que compañeros y amigos dejaban para Alberto y otros que él les escribía, así como números de teléfonos, direcciones, palabras de incierto significado y títulos de películas, discos y libros. A través de todo aquello llegué a conocer mucho y a suponer más de la vida de mi amado. En aquella época, yo deseaba, por encima de cualquier otra cosa, encontrar algún día unas palabras destinadas a mí pero, al parecer, Alberto, que ya había cumplido los dieciocho años, nunca se había fijado en aquella amiga de su hermana que sólo tenía quince y que, con el pecho plano y las caderas estrechas, aparentaba aún menos. Su padre, en cambio, me trataba con la mayor amabilidad, se interesaba por mis estudios e incluso, de cuando en cuando, me invitaba a sentarme en el sofá de terciopelo azul de su despacho y me contaba historias de cuando él era joven. Don Pedro me gustaba mucho, era elegante, atento y, sobre todo, me recordaba a su hijo. A veces, mientras me hablaba, yo imaginaba que habían pasado los años y que era Alberto quien, enamorado de mí, pasaba las tardes explicándome cosas maravillosas.
.......Un día, durante una de aquellas conversaciones, en fijé en que sobre la mesita de la sala había un libro cuyo título recordaba haber visto escrito hacía poco tiempo en la pizarra de Alberto. Era La educación sentimental, y cuando le pregunté a don Pedro si podía prestármelo –se me ocurrió de pronto que leer las mismas cosas que Alberto era una forma de acercarme a él-, me respondió que tal vez a mis padres no les pareciese correcto que me lo dejase.
.......—Alberto lo ha leído— argumenté yo, suponiendo que la anotación del título respondía a esa circunstancia.
.......—Sí —respondió—, pero Alberto es mi hijo y lo educo a mi manera. Yo permito que mis hijos lean lo que les apetezca, me parece un buen método de aprendizaje, pero hay personas que no opinan lo mismo, y yo no soy tu padre.
.......Desde luego que no lo era, pensé, ya me hubiera gustado a mí entonces que papá fuera como don Pedro, que nunca regañaba a sus hijos y tenía ideas modernas acerca de todo. Me entristeció no poder leer aquel volumen y debí manifestarlo tan claramente que él se enterneció.
.......—Bueno —dijo—, vamos a hacer un trato. Puedes leerlo pero sólo aquí, en esta casa, y además no debes comentarlo con nadie. Estoy haciendo una cosa incorrecta, en realidad se podría decir que estoy pervirtiendo a una menor, así que no me traiciones. Lee pero no se lo digas a nadie.
.......Mantuve el secreto pero muy a mi pesar. Si en algo me pervirtió don Pedro fue en la ocultación y en el descubrimiento de que los secretos son dolorosos precisamente por eso, porque deben quedar escondidos cuando, con frecuencia, se trata de hechos y sentimientos que nos gustaría repetir una y otra vez, en voz alta, a todo el mundo, por el placer de revivirlos a través de las palabras y por la vanidad de sentirnos un poco envidiados. Y también en otra cosa: me mostró la literatura y su poder. Ésa sí fue una perversión grave pues cuanto más leía mayor era mi necesidad de leer, y todos los personajes y las situaciones me conducían a otros que despertaban igualmente mi curiosidad.
.......Ahora recuerdo las cosas de este modo pero en aquellos días estaba convencida de que más que la lectura me importaba estar en la casa de Alberto y seguir sus pasos. Porque, en efecto, era su mano la que en realidad me guiaba. Después de Flauvert, siguieron apareciendo en la pizarra anotaciones acerca de sus lecturas, que yo pedía después a don Pedro. Alberto nunca me hablaba de los libros ni de la razón por la que escribía los títulos siempre en el mismo lugar, en la parte inferior izquierda del encerado, ligeramente en diagonal y con letras mayúsculas. Yo intenté de muchas maneras obligarle a decirme algo pero él eludía el tema y Teresa tampoco me sacaba de dudas. Mi amiga se limitaba a suspirar, mirar hacia el techo y exclamar:
.......—¿Qué quieres que yo te diga? ¡Cosas de mi hermano!
.......Pero lo importante era que, al fin, Alberto se había fijado en mí y me dejaba mensajes en la pizarra. Él y yo éramos cómplices, compartíamos el secreto de nuestras lecturas, algo tan íntimo que ni siquiera entre nosotros podíamos mencionarlo. Lo cierto es que me hubiese gustado decirle cuánto deseaba parecerme a Natasha Rostov, de qué modo estaba enamorada de Enjolras –un amor muy diferente al que sentía por él, claro- o cómo imaginaba los barcos que describía Conrad. Por alguna extraña razón eso no podía ser y yo me conformaba con sentarme en un sillón de su casa y pasar las páginas de los libros imaginando el tacto de sus dedos sobre el papel y su mirada sobre las palabras. La constatación de que Alberto mantenía conmigo una relación especial y única me ayudaba a confiar en que, si aún no me quería, lo haría pronto. No se me ocurría que pudiese ser de otro modo, se trataba apenas de una cuestión de tiempo pues, como muy bien expresaban las novelas, el amor siempre está presente en la vida de las personas y yo no tenía por qué ser una excepción. Cierto que existían amores contrariados, imposibles, trágicos… pero la cualidad de la pasión me importaba mucho menos que poder llamarla nuestra en lugar de mía.
.......Mi primer sentimiento cuando supe que Alberto tenía novia fue el desconcierto. Amparo era una chica rubia, bajita, graciosa, que yo había visto en alguna ocasión en la casa pero a la que, ni en mis peores pesadillas, hubiese relacionado con Alberto. En primer lugar porque me parecía insulsa, superficial, y en segundo porque era tan diferente a mí que, si yo le gustaba, no podía encontrar atractivo ninguno en ella. Pero, en efecto, la quería, de modo que no tuve más remedio que admitir que yo no le interesaba. Aún me conmueve recordar mi desesperación. Pasaba las mañanas en el instituto como podía, perdida en una oscuridad en la que las palabras de los profesores venían de muy lejos y no significaban nada, y las tardes en la habitación de Teresa, sintiéndome el ser más desgraciado y más ridículo de la tierra. Por las noches también lloraba, pero lo hacía por las cosas que había imaginado compartir con Alberto y que ya nunca ocurrirían.
.......Sorprendentemente, los títulos de los libros siguieron apareciendo durante varias semanas más, las que yo continué entrando en la alcoba de Alberto impulsada por un sentimiento oscuro, mezcla de deseo y de autocompasión. Pero esos no los leí. De hecho me parecía que continuar jugando conmigo a Pigmalión –esa había sido una de mis últimas lecturas- era la peor de las burlas. Y una tarde en que Teresa tenía que tratar de algo con su hermano y éste se acercó a nosotras, no pude contenerme más y le grité lo que pensaba desde hacía días.
.......—¡Métete los libros por el culo! ¡Yo puedo leer lo que me dé la gana sin tu ayuda!
.......Alberto no me contestó. Se dio media vuelta y salió de la habitación pero antes, durante un instante, me miró con tanta pena y tanta compasión que el dolor que yo había notado hasta entonces desapareció, reducido a nada por la vergüenza infinita que sentí. Lo comprendí todo con la rapidez y la claridad de un rayo: él nunca había escrito nada para mí en la pizarra, sólo los títulos de libros que su padre le indicaba. Y Teresa lo sabía. Y los tres sentían lástima por mí. Y su conmiseración me quemaba de manera insoportable.
.......Teresa y yo continuamos siendo amigas pero jamás hablamos de lo sucedido aquella tarde, y ese silencio nos fue alejando poco a poco. Quizá la edad y la vida hubiesen hecho el mismo trabajo sin necesidad de ayuda alguna. A Alberto lo saludaba cuando nos encontrábamos y con don Pedro dejé de hablar de libros, es decir, no volví a hablar de nada con él. Su casa se convirtió en otra: el cocido dejaba un olor rancio, el desorden se transformó en polvo acumulado en los rincones y los cristales manchados de lluvia no dejaban pasar la luz. Nunca volví a ver la pizarra.
.......Hace unas semanas nos encontramos todos en el funeral de don Pedro. Teresa tiene un hotel en Almería y Alberto se casó con una inglesa y tiene dos hijas.
.......—¿Sabes? —me ha dicho Teresa sonriendo tristemente— Alberto y yo siempre creímos que quien estaba un poco enamorado de ti era mi padre. Y seguramente era cierto. Después de tanto tiempo, aún se acordaba de ti. Te ha legado toda su biblioteca.
.......Llevo días retrasando el momento de volver a entrar en aquella casa que, con certeza, ya no es aquélla en la que fui feliz ni la que se convirtió para mí en algo tenebroso. Me da miedo entrar en un lugar que quizá ya no sea más que un espacio lleno de muebles viejos. Y me pregunto si las palabras de los libros que he leído durante toda mi vida me servirán de consuelo.

 

 


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