Mª del Mar López Vaamonde

Cuando era tarde

 

Lo comprendí una noche de amargura infinita,
oculta entre las sombras informes del pasado
que azotaban sin tregua mi cabeza cansada
cuando todo era eterno y las horas dolían.

Navegando contigo por abismos inciertos.
Despojado el cerebro de sus miedos y dudas
y clavando la vida, sin pudor, sus estoques,
con misterio en el cuerpo, con el alma desnuda.

Es la imagen fatal de mi destino absurdo
desterrando, una a una, mis torpes ilusiones
y es, de nuevo, el silencio, que avanza sigiloso
para rasgar mis sueños con despiadadas uñas.

Lo comprendí tratando de borrar tu recuerdo.
Consumidas las velas del pequeño jardín.
En el intento vano de sentir de otra forma.
Cuando era ya muy tarde, lo comprendí.


 

 

 Los años no perdonan

 

Hace ya muchos años, yo era tirando a guarra.

Siempre recordaré a mi sufrido padre
sudar como un bellaco corriendo tras de mí,
conseguir  reducirme y someterme luego
a un mínimo proceso de limpieza diaria
antes de ir a dormir.

Pero todo ha cambiado. Los años no perdonan.

Ahora tengo bruxismo, debo usar una férula.
Me ha salido un juanete, prótesis correctora.
Por no hablar de la alergia y el colirio nocturno.

Entre tanto suplicio, la crema nutritiva,
desmaquillaje previo y no sé qué más cosas,
tengo que echar instancia para entrar en la cama.

 


 

Hechizo

 

Se ahogaba.
Necesitaba espacio.

Ese paisaje nuevo
que aparece de pronto
en miradas extrañas.

La sensación lejana
de vagar sin destino.

Encontrarse una noche
en la cima del mundo
y no tener ni idea
de lo que se hace allí.

El rugido feroz
del estómago inquieto
por el hambre de estrellas.

El único alimento
que resucita el alma
cuando todo es tan grave,
tan gris y tan pequeño…

Necesitaba magia.

 


Ir al Inicio