Lydia Cotallo

 

Hastío


.......Estaba segura de haber salido con él de casa porque esa blusa siempre se abría traviesa a la altura del pecho. En aquella ocasión, de una forma poco apropiada para una entrevista de trabajo. Así que lo buscó en el bolso, entre los asientos del coche, en los bolsillos de su pantalón.
.......Él, insatisfecho, cansado de anhelar la vida creativa de agujas, hilos y tijeras, había tomado una drástica decisión.
.......El imperdible, voluntariamente, se perdió.

 


 

La máquina número cinco

 

.......Cualquiera podría pensar que la de cincuenta centavos suena igual que la de un cuarto de dólar, y el cuarto de Lucy igual que el cuarto de Steve. Cualquiera que no haya habituado su oído al sonido metálico de las monedas al deslizarse a través de la ranura, durante diez horas al día, seis días a la semana a lo largo cinco años.
.......Marian aparca el libro cuando la primera moneda cae en el depósito de la máquina número cinco. Apoya los codos en la mesa y la barbilla entre sus manos dispuestas en forma de copa, dibuja una amplia sonrisa y espera a que los vaqueros desgastados de Teresa se den la vuelta. «¿Qué hay, Marian?». La voz de Teresa suena deliciosa, en una tarde en la que el negocio no ha ido nada bien y la novela de Marian amenaza con llegar a su final, mucho antes de la hora de cierre de la lavandería.
.......—Aquí estoy, deseando que suceda algo interesante —dice, guiñándole un ojo—. Casi no ha habido clientes hoy.
.......—Mira, estás de suerte, aquí te llegan dos —responde Teresa irónicamente, mientras extrae un refresco de la expendedora en la zona de espera.
.......Los clientes pueden marcharse para continuar con sus quehaceres y volver cuando su ropa esté lavada y seca, o esperar en el sofá en uno de los laterales de la sala. Esto último es lo que suelen hacer Teresa y la señora Smith, quien acaba de entrar en el local junto a Lian. Hace unos dos años que la señora Smith quedó viuda y vive sola desde entonces. Sus piernas artríticas solo le permiten salir del apartamento lo imprescindible, por lo que aprovecha el rato de la colada para descansarlas y entretenerse con la conversación que Marian le ofrece, pero esta vez, tiene prisa. «No se preocupe, señora Smith, yo se la llevo después a casa», le dice Marian. Lian, por el contrario, después de poner en la bolsa su ropa recién lavada, se sienta en una esquina del mostrador.
.......—¿Qué tal está tu marido? ¿Está tomando las pastillas que te dije? —pregunta, al tiempo que levanta una mano para saludar a Teresa.
.......Lian es un médico joven llegado al barrio hace poco tiempo, pero su carácter amable y su buena disposición para atender las consultas de sus vecinos han hecho enseguida de él una persona muy querida.
.......—Bien, muy bien, la noche pasada apenas tosió —responde la trabajadora con un gesto de agradecimiento.
.......—Me alegra saberlo. Dile que se tome todo el frasco, aunque los síntomas desaparezcan. Bien, me marcho, esta noche tengo una invitada —añade al ponerse de pie y volver la cabeza para sonreír a su amiga.
.......—¿En serio? ¿La enfermera? Te dije que lo conseguirías, campeón.
.......De nuevo el local carente de sonidos humanos, solo el ruido circular de las dos únicas lavadoras que a esa hora funcionan. La máquina número cinco para un momento para recoger el suavizante del cajetín, y Marian pone en marcha la cafetera situada detrás de su silla. Es un trabajo cómodo, está sentada la mayor parte del tiempo y puede leer y hacer crucigramas sin que nadie la vigile, pero terriblemente aburrido. A pesar de ello, no lo cambiaría por ningún otro, no desde hace siete meses, desde que algo inesperado sucedió. En todo ello piensa Marian mientras se sirve una taza de café y los dedos de Teresa comienzan a deslizarse suavemente por debajo de su pantalón.

 


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