Ivonne Sánchez-Barea


ALRAKA

Enrejadas Sin Sonrisas


 A las Mujeres retenidas y secuestradas por el ISIS

 

Ocho millones de ojos
tras las rejas.
 
Han salido de Sinyak
capturadas,
para ser invisibles,
con torturas en el terrón
del himen.
 
Buscan el sol bajo sus burkas.

Si transgreden; las lapidan
y tiran sus restos
para que sean engullidos
por sus perros guardianes.
 
Ellas sueñan con abriles
con el abrazo de sus abuelas,
y tener sus manos libres.
 
Allí permanecen mudas,
porque su voz no ha de oírse,
ni su piel concede oler a flores,
ni pueden enseñar sus parpados al mundo.
 
Cautivas y descalzas,
para evitar su huida,
hacinadas las niñas
temen cumplir años infantiles.
 
Salir de Alraka
aún siendo ultrajadas,
antes que sus pieles sean rotas,
y sus lenguas cortadas,
y sus manos ocultas,
y sus miradas apagadas.
 
Vendidas como esclavas,
la ley de la Sharia las obliga
a llevar dos largos sacos negros,
y guantes y tres velos que cubran sus
oídos, sus labios, sus pupilas.
 
Nuestras corneas
también ciegas,
dejan de ver sus rostros…
 
Nuestros oídos,
no escuchan su grito silencioso…
 
Talafa es su cárcel.
 
Ellos,
mascan entre cúrcumas y miel,
y hacen trueque con las niñas
quienes también son carnaza
de esos tiburones terrestres del desierto.
 
Raptadas
desde Irak hasta Siria,
escapan por las líneas invisibles
de una resistencia
que no puede cruzar
lindes entre credos.
 
Eligen morir antes que permanecer
entre fauces de ignominias.
 
Lloran ocho millones de ojos,
de esas mujeres y niñas,
y no escuchamos sus gemidos,
ni levantamos banderas,
escritas de los años
de nuestras conquistas.
 
¿A quién duele el soplido
del huracán que se precipita?
 
Aún advertidos
damos las espaldas
y también huimos
hacia nuestro cálido rincón,
que tiene músicas,
adjudicadas y liquidas.
 
Estamos cubiertos
entre costras de cómodos exilios
envueltos en medias verdades.
 
Nunca queremos
calzar los zapatos de las víctimas,
preferimos las botas del opresor,
de quien esgrime armas sin sigilos.
 
Seguimos sentados
ante pantallas de cristal
vemos la luna,
la media luna,
desde nuestro
tibio salón de las estancias.
 
Ocho,
ese número infinito
me late en el oído,
me resuena en la esfera que incorporo,
me acampana el pensamiento,
me eriza la piel de oso,
para extinguir las ideas,
de tiempos y espacios.
 
Pacifico rumor que nos acuna
sobre un volcán que quema dignidades.
 
Abrid los ojos y llorad,
por esas cuatro millones
de mujeres atrapadas.
 
Escuchad sus voces
salid hacia la alabanza,
cruzad vuestra confortable frontera
y haced presencia
ante el mundo,
calzad sus huellas,
vestid su luto,
y tal vez
algún día,
ellas,
vuelvan a SONREÍR.

 

 

 


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