Mari Carmen Azkona


Destino final

.......La luz de las antorchas ilumina el gran salón, engalanado con suntuosos tapices. El rey hace un gesto a los músicos que templan y afinan sus instrumentos. Al son de un dulce madrigal, los cortesanos forman parejas y comienzan a bailar, ante la mirada del monarca que, indolente, observa sus rítmicas evoluciones. De repente, las puertas se abren, dando paso a una figura encapuchada que cruza decidida la estancia. Tras ella, camina un anciano sucio y harapiento.
.......— Guardias, detener a…
.......La orden parece suspenderse en el aire ante el mandato de la mano descarnada del encapuchado. Preso de una fuerza superior, el soberano desciende del trono. Y los tres, plebeyo, rey y Muerte, inician una danza macabra con un único destino final.

 


 

Sucedió una noche de verano


.......Mujeres y hombres, vestidos con túnicas blancas danzan, con un ritmo cada vez más febril. El estado de trance —ojos en blanco, convulsiones, desmayos— se extiende como un manto psicotrópico atrapando a James en su interior. El sonido de los tambores se introduce en su cerebro, sin acallar la voz de la sacerdotisa que, como un parasito, parece haberse adosado a las paredes de su pensamiento. «Busca la raíz de tu odio… Quizás alcances a comprender que, en realidad, es a ti mismo a quién detestas». Sus palabras chocan, una y otra vez, contra una trampilla inaccesible en su memoria. James se concede unos instantes para tomar aliento y ordenar sus ideas, cuando visualiza la figura de una esbelta joven. La visión dura tan solo el instante que James emplea en parpadear para enfocar mejor la mirada. ¿Una alucinación? ¿Una imagen falsa creada por  la carga emocional del éxtasis colectivo? Los latidos de su corazón pulsando en sus sienes aumentan su intensidad y le provocan un enorme dolor de cabeza.
.......James se despierta con el sonido de las campanas de alguna iglesia cercana. Siente la boca reseca y el cuerpo dolorido por dormir a la intemperie. Se levanta, pero sus piernas no sostienen su peso y se deja caer al suelo. Intenta calmar la náusea que amenaza la boca de su estómago. «¿Por qué narices acepté la recomendación del taxista de participar en una sesión de vudú?», se reprocha a sí mismo. Con esfuerzo y tropezando llega hasta la puerta del hotel.
.......—Menuda juerga la de anoche, ¿no? —pregunta con ironía Javier, el recepcionista, al ver su aspecto.
.......Los labios de James se contraen en un gesto de crispación que no pasa desapercibido para Javier, que le entrega la llave de la habitación. Nada más entrar en ella, se desploma sobre la cama. La muchacha que creyó distinguir antes de perder la consciencia aparece en sus sueños. Viste un insinuante vestido negro que acentúa la curva de sus caderas. Apenas lleva maquillaje, excepto un toque de color fucsia en sus labios y un poco de rímel que intensifica el color verde de unos ojos que cree reconocer. Al ritmo de una música que parece sonar solo en su cabeza, comienza a contonearse. Con movimientos suaves y sensuales, desliza los tirantes del vestido que cae al suelo donde queda abandonado a su suerte. La excitación que siente es tan grande que le saca de la ensoñación. Inspira profundamente, con intención de anular la imagen que persiste en su recuerdo, cuando percibe un aroma dulce y exótico. ¿Perfume de mujer? ¿Ámbar, vainilla….? «Seguro que será el de la camarera de planta», piensa mientras abre el grifo de la ducha. Se acerca la hora de bajar al hall, donde ha quedado con los demás componentes del tour, para realizar una visita guiada a la ciudad de Kingston.
.......James, tras un profundo sueño, se levanta con el ánimo renovado. La conmoción emocional ha pasado, dejando en su lugar cierta claridad. Abre las ventanas para sentir la calidez del sol de la mañana en su piel. Al girarse, sus pies chocan con algo. Se agacha y recoge un cepillo con hebras de cabello dorado adheridas a sus púas. «¿Qué significa esto? ¿Alguien quiere gastarme una broma?”. Durante el resto del día James mira receloso al resto del grupo. Busca en sus rostros muecas de burla y complicidad. «Intenta ser razonable, se dice a sí mismo. Estas personas no te conocen de nada. Han venido a visitar Jamaica y pasarlo bien. ¿Qué interés tendrían en amargarte el viaje? Seguro que al limpiar la habitación alguien lo dejó sin darse cuenta o por confusión». No obstante, la lógica de sus razonamientos no serena su malestar y se acuesta con una inquietud que le sumerge en un duermevela inquieto. 
.......La ansiedad no mejora con el paso de los días, en los que, cada amanecer, localiza diversos objetos femeninos: una barra de labios color fucsia, un sujetador, un frasco de colonia… incluso un vestido negro. Todavía recuerda el gesto del recepcionista, más desconcertado que incrédulo, cuando acudió hecho una furia, con la prenda en la mano, argumentando que una mujer se introducía en su habitación cuando él no estaba.
.......James no sabe qué pensar. Todo el mundo le rehúye y le lanza miradas hostiles. Ya apenas sale del cuarto y se limita a descontar los días que faltan para regresar a casa. De puro cansancio cae rendido sobre la cama. Se desvela a media noche con un reseco enorme y se levanta al baño para beber un poco de agua. Enciende la luz. «Busca la raíz de tu odio… Quizás alcances a comprender que, en realidad, es a ti mismo a quién detestas». Su cerebro recupera las palabras de la santera, mientras siente que el infierno se abre a sus pies. Su reflejo le observa con osadía. Y entonces James lo recuerda todo.  la peluca rubia que compró, el roce excitante de la lencería en su cuerpo…

 


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