Arturo Amez


Óxidos

.......Abrimos el paraguas de la vida y vemos como su esqueleto oxidado es inútil contra el diluvio de los días, incluso un arma de doble filo capaz de invocar a la muerte. Ya nada puede salvarnos de la lluvia de emociones en desorden, de los recuerdos enfermizos contra los que luchábamos escondidos debajo del pupitre, o encima de la cama. De golpe se derrumba el castillo de naipes construido sobre el barro de la existencia, donde fuimos queridos a pesar nuestro, pagados con la moneda de la burla y quisimos a pesar del ridículo, de humillarnos.
.......Ya no enciendo la luz de la mesilla, porque los fantasmas que creía habitaban en la sombra, han dejado de producirme miedo, o menos miedo del que me tengo a mismo, al discurso implacable del reproche.
Cierro el paraguas inútil, la lluvia es capaz de hacer florecer las tumbas.


 

Tránsito

.......Se pararon los relojes y el tráfico en la gran vía. Apenas me di cuenta, embebido como estaba en las rebajas.
.......El aburrimiento pudo con la vida; clausuro terrazas y derritió neones. Hasta el novio de patricia, un austriaco rubio y de buena planta, cogió un tren a media tarde sin rumbo conocido.
.......El oro se vendía al mismo precio que las manzanas, porque nadie reclamaba su brillo; sino la sombra mostosa de los sarmientos.
.......Me acusas de ser cómplice de los mendigos, del juego de la limosna que compra paraísos y desiertos donde predicar mi palabra y su palabra, la que orada manantiales que hastían hasta preferir la sed.

 


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