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Lola Martínez Auñón
Y SU POEMARIO
"LAS PIERNAS DE LA LIBÉLULA"

Mesa Presidencia Presentación

Miguel Ortega Isla
Lola Martínez Auñón
Santiago Solano Grande

     El pasado 18 de Abril de 2008 tuvo lugar en la Sala Trovador, en Madrid, la presentación oficial de "Escritores en Red. Asociación Marqués de Bradomín", y el poemario "Las piernas de la libélula", de Lola Martínez. En el acto participaron - de izquierda a derecha de la foto - D. Miguel Ortega Isla, Presidente de Escritores en Red, la autora, Dña Lola Martínez Auñón, Vicepresidenta de Escritores en Red, y D. Santiago Solano Grande, Secretario General de Escritores en Red, como presentador de la poeta.
     

Palabras del Presidente de Escritores en Red, D. Miguel Ortega Isla.    (1.883.740 bytes )
... de la importancia de este libro, por Lola Martínez.     (1.044.600 bytes)
Lectura de uno de los poemas... por Lola Martínez.    (857.082 bytes)


TEXTO DE PRESENTACIÓN DE
“LAS PIERNAS DE LA LIBÉLULA”
DE LOLA MARTÍNEZ
EN LA SALA TROVADOR

Por Santiago Solano


     La libélula, como el alma de la Lola Martínez que se descubre tras la lectura de este poemario, tiene el cuerpo frágil y las alas largas y delgadas. Tanto ellas, las libélulas, como ella, la escritora que intuimos en este libro, son seres muy veloces, las unas al desplazarse, la otra, en llegar a esa profundidad de las cosas que de tan palpables parecen invisibles.
     El alma de esta supuesta Lola Martínez que narra bate las alas anteriores y posteriores de manera alternada, ora en local, aquí en España, en un pueblecito de Valencia, ora en remoto, en un lugar cualquiera del resto del planeta…; como las libélulas precisamente, para controlar mejor el vuelo, ese vuelo que la lleva de acá para allá en busca de esos momentos de belleza escasos e irrepetibles que se llaman poesía.

     La libélula posee una vista excelente gracias a la peculiar estructura de sus ojos. A saber, alrededor de 30.000 facetas dispuestas de forma tan bien sopesada que le permiten un campo visual de aproximadamente 360 grados. La Lola Martínez de la que yo hablo no ve tan bien; pero viaja mucho, y ve mucho, y como puso Cervantes en boca de Don Quijote, por ende sabe mucho… y eso también es una visión de 360 grados.
      Sigamos. Estos “multifacetados” ojos de la libélula, por lo general, se juntan en la parte posterior de la cabeza y le permiten ver a su presa desde una distancia de hasta 12 metros. En el caso de la Lola Martínez de la que yo hablo, la distancia de su visión es mayor, mucho mayor, que el avión le muestra siempre una perspectiva de lejanía no exenta de nostalgia, y, también, lo contrario, un acercamiento, no a su presa, sino a sus amigos; una aproximación desde su esencia de mujer hasta la distancia mínima del pensamiento humano.
     Es decir que la Lola Martínez de la que yo hablo puede vivir toda la extensión del cosmos desde la altura de las alas de un avión, eso sí, aliñada con esa curva de la existencia que se pierde en la curva de la madre tierra. Y, a la vez, o seguidamente, o al instante, toda la proximidad de lo cotidiano; que los elfos son así… eso dice al menos Leticia Luna, la poeta mejicana que prologa este libro. Y cuando ella dice que la Lola Martínez de la que yo hablo es elfa, por algo lo dirá. Cosas de poetas, parece.

      Bien pues ya puestos, y para no perder el hilo de la metáfora, por un lado, y para dar paso al golpe de la liviana, quizás escurridiza, realidad, por otro, diremos que este libro puede ser la historia de una libélula que va de continente en continente, oliendo todo, viendo todo, saboreando todo, palpando todo, oyendo todo. Así podemos decir que hay en estos poemas un aroma de café que embriaga los sentidos, una arena en un desierto lejano con lomas rojizas al fondo que calienta la cabeza y los pies, unos árboles a la puerta de la casa de una mujer poeta que sabe de rimas, unos cuentos africanos que descifran el hurto de Europa, un pueblo del agua con tortugas sin alumnos… entienden, ¿no?
     ¿No? Bueno, a lo mejor no es este libro y esta autora esto que les cuento, allá cada cual; a lo mejor es sólo que también sean solamente las experiencias de una amante de los viajes en ese tiempo larval, en ese largo tiempo de no libélula, no olvidemos que la libélula vive hasta cuatro años en estado larval, y poco más de cuatro meses en estado de adulto, o sea de libélula propiamente dicha. Es decir, rememoración de una experiencia, que es lo que han estado haciendo la mayoría de los poetas tras la ruina de los novísimos.
     Si esto fuera así, si pudiéramos encasillar la poesía de la Lola Martínez de la que yo hablo en este grupo poético de la experiencia, cosa que habría que discutir largamente, cabría preguntarse por los indicativos de singularidad que la distinguen del resto de este grupo, si es que los hay.
     Digamos, para terminar, que esta poesía gusta de lo minúsculo ubicado en los lugares exóticos, no en balde el libro es en sí mismo una propuesta de viaje transoceánico. Una poesía que gusta de lejanías, pero no de la veneciana, ni de la ateniense, que ni se las nombra, sino de otros lugares con otros acentos, ya citados anteriormente y de los que cabría resaltar, sólo para completar la cuadratura del círculo, los húmedos bosques de Nueva Zelanda, el legendario magnetismo de Estambul, el tango de Buenos Aires como canción de fondo, y ese Paraná infinito que carga con su agua de chocolate desde la eterna altura de las nieves del cielo, a la bajura del beso del mar sobre la arena. Todo en esa hermosa mezcla de contrarios en la que la diversidad es el centro mismo de las cosas.

     Señoras, señores, amigos, con ustedes, Lola Martínez.

 



© Escritores en Red. Asociación Marqués de Bradomín.