Ninguna nube quitará oscuridad
al adiós de hoy
en este espacio sucio,
con papeles arrugados
que se van quemando cuando convoco
las lanzas y los caballos
al intentar pedir tus favores y una prenda.
Llamo a tu boca y, mi palabra,
que el azar perdió
queriendo conquistar tu castillo,
aquel que yo anhelé habitar.
Somos tú y yo
junto al fuego de una conversación,
donde un anhelo frío que sale de tu boca
deshace las llamas
de aquello que aún no has dicho.
No es necesario que suba a la montaña
ni me marche en busca del agua de la mar,
se esfumará igualmente
el encantamiento de aquellos besos.
Ya me has dicho, con tu adiós al mirarme
mientras te pones tu coraza,
que podemos vernos en otra batalla:
me acompañarás gustosamente.
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