Ha entrado ya en escena el año 2008, que ha venido, como siempre, erizado de misiles y con guerras en las que se ventila la gran partida de ajedrez que hace ya muchos años juegan los poderes que se reparten el planeta. Ignoramos cuál será el desenlace, pero sabemos que la historia del hombre está empezando un nuevo ciclo. Abriguemos la esperanza dialéctica de que será la síntesis superior de las contradicciones actuales.
Por lo que respecta a España, hemos dado ya un gran paso hacia adelante en el camino de la libertad y de la democracia. Ese paso ha costado mucha sangre, mucha prisión y mucho exilio; pero el esfuerzo ha valido la pena, puesto que ha sentado las bases de una patria rejuvenecida que ha recuperado la sonrisa. La tarea del hombre moderno es luchar por liberarse de las cadenas que él mismo se ha ido echando encima a lo largo de los siglos. Esta lucha ha sido en España más dura que en el resto de Europa, debido a la rigidez de los prejuicios que una moral de grandes y pequeños inquisidores ha ido grabando en el espíritu de nuestro pueblo. Pero la hora de la liberación ha sonado. Y ello ha sido posible, en muy buena parte, gracias al tenaz y sostenido esfuerzo de los hombres que eran niños o iniciaban su adolescencia en los años del conflicto civil y que cumplieron sus veinte alrededor de 1948. A ellos dedico estos recuerdos que aspiran a ser un esbozo de su difícil mocedad.
Miro hacia aquel último lustro de la década de los cuarenta y te veo ya vagamente descontento con el siniestro orden establecido. Al principio andas solo con tus pensamientos, pero buscando ya una evasión de la charca social en mundos ideales. Pronto encuentras compañeros. Son muchachos como tú, que buscan un espacio espiritual diferente del que os brinda la pétrea estructura impuesta por el estado. Soñáis sueños diversos, pero casi siempre heterodoxos. Algunos, como los hermanos Aymat, se emborrachan de música selectísima, leen a Nietzsche y profesan la religión del superhombre. A veces vas a su casa y les oyes tocar al piano sonatas de sus compositores favoritos. Algunas tardes, ponen, por ejemplo, el concierto para dos violines y orquesta de J, S. Bach en un gramófono que tiene la cuerda estropeada y uno de los hermanos hace girar el disco a base de dedo índice con una precisión que, francamente, no has vuelto a encontrar después en los mejores aparatos electrónicos,
Así éramos entonces: locos por ideales de infinito en una España rastrera de boniatos asados y barras de estraperlo. Soñabas con ser Julián Sorel o Raskolnikof y luego resultaba que tenías que comprarte un milhojas agrio en cualquier pastelería para engañar el hambre. Y si no, que lo diga tu amigo Fernando de la Granja, que luego llegó a ser uno de los más ilustres arabistas españoles, pero entonces gran catador de milhojas.
Al evocar aquella juventud de 1948. no tienes más remedio que limitarte a los “hommes de lettres” y, concretamente, a los de Madrid. Que otros asuman la tarea de recordar a los demás estamentos. Para continuar con tu propósito, lo mejor será volver a entrar en aquella Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria de Madrid, llena de curas, monjas, niñas bien y alguna que otra muchacha que realmente estudia por vocación. Allí te encontrarás también con jóvenes laboriosos que aspiran al magisterio de enseñanza media o universitaria, Y en medio de esta fauna heterogénea, verás de nuevo a unos especímenes curiosos, estudiantes matriculados que nunca o casi nunca entran en las aulas, poetas, novelistas, dramaturgos en ciernes que han caído aquí porque esta facultad es la menos ajena a sus intereses. Verás a Alfonso Sastre, que todavía no ha escrito Escuadra hacia la muerte, a Alfonso Paso, que imita a Oscar Wilde y aun no se ha convertido en el monstruo del astracán. Hablarás también con Rafael Sánchez Ferlosio, que recita la Elegía a Ramón Sitgé de Miguel Hernández y no tiene la menor idea de que va a escribir El Jarama. De vez en cuando aparecerá por los pasillos un muchacho de pelo largo castaño y lacio que se le abre en dos alas sobre la frente, será, sin duda, Ignacio de Aldecoa, que escribe cuentos o poemas de marineros y todavía no se ha ido al Gran Sol. Verás también a un joven que estudia ya en la sección de Filosofía y se llama José María Valverde. Es un tipo flaco y desgarbado con perfil de aguilucho y ojos oscuros, profundos. Ha escrito ya Hombre de Dios y tú lo admiras porque es un poeta consagrado. Te harás amigo de Jesús Fernández Santos, que anda por la facultad vestido con vaqueros a usanza norteamericana. Jesús se propone hacer teatro y cine para ganarse la vida; pero ya la novela es su dedicación fundamental. Te presta una copia a máquina de Los Bravos y adviertes en su lectura el tono lírico y suavemente melancólico que caracterizará a algunas de sus obras posteriores, si bien en aquélla la historia es más importante que el discurso narrativo, a diferencia de lo que ocurre en Jaque a la dama, donde el estilo, de un impresionismo poderosamente sugestivo, se sobrepone a la historia.
En el bar de la facultad te encontrarás con Medardo Fraile una mañana apacible de otoño en que el Guadarrama se recorta nítido sobre el cielo sin nubes de la meseta. Medardo tiene dos o tres años más que tú y va vestido impecablemente con una chaqueta a cuadritos de tono gris claro. Lleva el pelo rubio cuidadosamente alisado y te mira serio con sus ojos azules. Forma con Sastre y Paso la tríada de jóvenes literatos que dirigen el grupo Arte Nuevo. Acaba de terminar un libro de poesías, ha estrenado ya alguna obra en un acto y empieza a escribir muy buenos cuentos. Los de Arte Nuevo tienen conexiones con El Alcázar, que entonces no se distinguía especialmente de los demás periódicos, ya que todos ellos bailaban al mismo son de la democracia orgánica. Te afilias a Arte Nuevo y le das a Medardo Fraile dos artículos que se titulan Charlas prematrimoniales y Manifestación en el Ateneo. Ambos aparecen en El Alcázar y te enorgulleces de ver tu nombre en letras de molde.
A veces te sientas en los pupitres junto a Juan Guerrero Zamora que ha venido de Melilla a conquistar Madrid. Es huérfano de padre y madre y ha heredado cierta suma que le permite mantenerse. Le interesan muy poco los estudios oficiales. Ha publicado un poemario que se titula Alma desnuda y quiere ser dramaturgo. Es muy drástico en sus juicios. A alguien que una vez formuló en su presencia juicios adversos al arte de vanguardia, le dijo: << A ti lo que te pasa es que eres un neoclasicista jilipollas>>. En invierno llevaba siempre sombrero que era lo elegante en aquella época, y un abrigo beige claro muy ceñido a su cuerpo flaco. Por cierto que tengo bien grabados en la memoria los abrigos de casi todos vosotros, por lo general bastante feos y, en algunos casos, vueltos por algún sastre para que durasen más.
También será conveniente para esta evocación que te des una vuelta por el Ateneo de aquellos años que estamos simbolizando con 1948. Aquí se completa la formación intelectual heterodoxa de muchos de vosotros. Su biblioteca es probablemente la única de España que no ha sufrido el expurgo de los clérigos vencedores. En ella lees el Manifiesto del partido comunista y mucha literatura que ni se menciona en las aulas universitarias. La tradición cultural y política de la izquierda amordazada transmite sus valores en la Cacharrería, donde se habla en voz baja de Lorca y de Miguel Hernández. En el Ateneo conoces a María Jesús Echevarría, también estudiante de Letras, además de víolinista y, sobre todo, novelista de éxito fugaz interrumpido por el suicidio. Tratas al pintor Núñez Castelo, artista de sensibilidad delicada y escasísimos recursos, a quien de vez en cuando invitabais a comer para que no se muriera de hambre. Moriría de pastillas años después en París, según te ha contado Falina, la hija del escultor Juan Cristóbal.
Otros reductos que deberás visitar en tus pesquisas, serán algunos cafés como El Gijón, El Lyón, El Gato Negro, El Varela y Gambrinus, recintos donde la nueva promoción o generación de intelectuales y artistas ensayaba ya su nuevo lenguaje. Algunos de estos cafés han desaparecido, como El Gato Negro, o se han transformado en sosas cafeterías americanas, como El Varela. Visítalos de nuevo en el recuerdo y vete un sábado al Gato Negro para escuchar a Francisco Pérez Navarro, personaje polifacético y filósofo de capa y sombrero, narrar sus experiencias en Inglaterra. Los jóvenes viajabais poco a la sazón y el que salía al extranjero adquiría una aureola especial. Todos pensabais que valía la pena reuniros a escuchar el relato de sus observaciones personales. Al Varela puedes acudir también algún jueves después de comer y reunirte de nuevo con unos cuantos poetas veinteañeros que preside José María Valverde. Entre los contertulios se encuentra Alfonso Albalá, católico, apostólico y machadiano, que con los años se pasaría a la novela y moriría prematuramente. En esa tertulia oirás por vez primera en tu vida hablar de César Vallejo. Será Valverde quien lo haga y, como ilustración de sus palabras, os leerá algunos fragmentos del impresionante cholo peruano. A Valverde le viene esta afición por Vallejo, así como también por Neruda y, en general, por la poesía hispanoamericana, de su trato íntimo con Luis Rosales y los poetas de Escorial. Creo que es él quien te presenta a Rosales y una noche, en casa de éste, Antonio Fernández Spencer, dominicano y premio Adonáis, Ignacio de Aldecoa y tú leéis poemas en una reunión a la que asisten Luis Felipe Vivanco, Rafael Morales y Guillermo Díaz Plaja.
Aunque tú eres más animal literario que filósofo, tenías gran interés por el pensamiento y por la ciencia. Eras incapaz de recluirte en un recinto absolutamente especializado. Creo que a muchos de vosotros os acontecía lo mismo. Por eso, si deseas "recoger tus pasos", como dicen que hacen los difuntos, deberás asistir al menos una vez a una salita reservada de Gambrinus, donde una tarde por semana se comenta L’être et le neant de J. P. Sartre, oficiando de exegetas Francisco Soler y Tomás Ducay, que a los pocos años se perderían para siempre en la inmensa geografía suramericana. En esa salita de Gambrinus, a lo mejor te encuentras con Luis Martín Santos, que aún no ha escrito "Tiempo de silencio" o con Paco Trujillo, rebosante de dibujos y de teorías estéticas, o con Alberto de la Puente O’Connor, buen poeta a la sazón y luego director de tantas cosas, o con Pepín Vidal Beneyto, el de la cara redonda y sonriente, en cuya breve nariz cabalgan unas gafitas de montura al aire y a quien no se le nota aún la importancia política.
Cuando termines ese descenso a la cueva de la memoria, esa katábasis eis ánthron, vuelve de nuevo a 2008 y podrás comprobar que aquellos jóvenes heterodoxos de 1948 pusieron los cimientos de la inconformidad con el sistema y con la tradición cultural que se os imponía desde arriba. Algunos llegaron a comprometerse con la resistencia antifranquista, Otros eligieron el camino áspero del exilio voluntario. Todos ellos contribuyeron a iniciar el cambio, pero cuando éste se vislumbró como posible y se necesitaron mayores bríos para la lucha, se les había pasado el entusiasmo de la mocedad. Una generación más joven asumió el papel protagónico y coronó el edificio de una España nueva cuyos cimientos amargos habían puesto aquellos jóvenes de 1948.
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