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REVISTA TIRANO BANDERAS DIGITAL
Abril 2008 (Nº 1)

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EL PAN

por Javier Ribas

9.00 horas.

     - ¿Puedes comprar una barra de pan?
     Al preguntarlo, no levanta la vista de la tabla de planchar instalada en el salón. A su lado, sobre la mesa del comedor, un montón de ropa espera su turno para ser repasada. Peleando en ese momento con las arrugas de un pantalón de lino, no se percata de la mueca de Luis, su marido.
     - Dame dinero
     - No tengo suelto, ya te lo doy luego.
     - ¡Como siempre!
     - ¿Planchas tú y yo me voy a tomar un café y de paso compro el pan?
     Luis no contesta. Sale de casa dando dos portazos. Uno con la puerta del comedor y otro con la de la entrada a la casa.
     Maria teme que los dos estruendos despierten a las niñas. Hoy, siendo Sábado, pueden descansar un poco más. A diario María las levanta de la cama a las siete de la mañana. Dicen que el sueño no se recupera, pero los días de fiesta, cuando duermen hasta más tarde, las chicas parecen mas relajadas.

11,00 horas.

     Los pasos de Luis resuenan en el pasillo que lleva a la cocina. Allí, María, trajinando con los utensilios de cocina intenta preparar los mejores ingredientes para el arroz con pollo que sus hijas le solicitan cada Sábado.
     - Toma el pan - Luis deja la barra sobre el banco de la cocina.
     - Gracias
     - Me debes 0,70 euros.
     - Vale
     - Vale no. Siempre me dices lo mismo y al final nunca pagas.
     María mira a su marido como quien ve a un ser extraño. No entiende la recriminación. Ambos trabajan, ambos aportan a la casa y no tiene ganas de discutir y menos por un euro. Trata de quitarle hierro al asunto.
     - Luego te lo doy. ¿Puedes dejarlo en la cesta del pan?
     - Déjalo tú, que yo he ido a comprarlo.
     La entrada en la cocina de la hija pequeña, Flor, interrumpe la conversación. Recién levantada, está en pijama. A pesar del desaliño en su pelo y la cara un poco hinchada de la niña, María ve guapísima a su hija.
     - Luis, despierta a Mar y ayúda a las niñas a vestirse. A ver si luego podemos salir a dar una vuelta.
     - Vístelas tú, que yo me voy a ver a mi madre.
     - Por favor, que yo estoy preparando la comida. Luego si quieres vamos todos juntos.
     - No tengo tiempo. Ya irás tú luego por allí.

12 horas.

      Suena el teléfono. Es la madre de María. Hoy, como siempre, la oye hablar de su última obra de caridad en la Diócesis. Le cuenta las necesidades que pasan algunas personas del barrio y de lo poco agradecidas que se muestran. De todas formas, don Álvaro, el cura, le reconforta siempre recordándole que el premio lo tendrá en el más allá. El monólogo termina dándole besos para las niñas, que son tan obedientes y calladitas y para Luis, que tanto trabaja.

13 horas.

     El paseo junto con Flor y Mar, ambas vestidas como dos señoritas, con sus jóvenes melenas recién peinadas, reconforta a María. Como madre, sabe que le queda poco tiempo para disfrutar con sus hijas, hasta que ellas empiecen a volar por sí solas. Le gusta vivir minuto a minuto la inocencia y la curiosidad de las pequeñas.
     Se dirige a casa de su suegra. No es una visita que le agrade pero comprende que Flor y Mar tienen derecho a pasar un tiempo con la abuela paterna. María reconoce que no es mala mujer pero le molesta mucho que esté ciega frente a su hijo Luis. Claro que él es carne de su carne, pero María se casó con Luis, y quiere ser considerada parte de la familia. Pero siente que su suegra no acaba de admitirlo. A sus nietas las trata muy bien pero a ella ni la aprecia ni la desprecia. Sólo existe Luis en su mente. Su adorado hijo. El hombre perfecto.
     El sonido del timbre, antiguo, rancio y seco, le recuerda el carácter de la madre de Luis. Sonríe pensando en la comparación. Trata de borrar esa imagen de su mente. A veces su cabeza le lleva por derroteros extraños. Así que es mejor no pensar que tener malas ideas. Se retoca un poco el cabello, mira a las niñas y hace lo mismo, mientras espera que les abran. Después de oír los lentos pasos de su suegra, se incomoda al oír muchos cerrojos. Sabe que sólo están puestos cuando ella está sola.
     - Luis estuvo cinco minutos y se fue. Me comentó que tenía algunas cosas que hacer. Ya me avisó de que vendrías...
     La vuelta a casa es lenta. Las niñas se distraen con todo. María no está para nada. La soledad se le come. Sólo quiere llegar, gritar y llorar.

14,30 horas.

     Mientras recoge el mantel de la mesa, suena el teléfono. Es su amiga Amparo, la única en quien confía.
     - ... Ya sabes, lo de siempre, Luis...
     - ... Te lo he dicho muchas veces María, déjale...
     - ... No puedo, no puedo estar sola...
     - ... Bueno, no insisto más, es lo de siempre... Un beso María, cuídate, te quiero.
      María echa a la basura el contenido íntegro y frío del plato. Amparo no le entiende. Aconsejar desde fuera es muy fácil pero ella siente lo que siente. Y contra eso poco se puede hacer.

16,15 horas.

     La forma peculiar de tintinar las llaves, hace que María reconozca la entrada de su marido en casa.
     - Creo que no son horas de venir a comer…
     - Estaba con unos amigos y nos liamos
     - …y las niñas no dejaban de preguntar por ti…
     - ¡No metas a las niñas por medio!
     - Creo que peor ejemplo no puedes dar…
     - ¡Tú si que das mal ejemplo, con tu aburrimiento, con tus aprensiones, con tu imbecilidad…!
     - Luis, no grites que están las niñas.
     - Eso es lo que te salva…Cada día eres más idiota…
     - ¡Haz el favor de bajar la voz...!
     - Grito porque estoy en mi casa y estoy hasta los cojones de aguantarte, que llevas todo el día…que coño, toda la vida siendo insoportable…
     María, que ya sabía la continuación se da media vuelta. Ve a las niñas en medio del comedor, mirando a sus padres.
     Luis se acerca a ella y la coge por el brazo. María nota su aliento, pegajoso, bronco, ácido de alcohol. Intenta soltarse de la férrea mano que le sujeta.
     - ¡Que sepan las niñas de qué calaña es la madre, que todo lo estropea, que se agobia por todo, que no deja respirar…!
     - Por favor, delante de las niñas no, por favor, no…
     María no puedo soportar más. Coge a las niñas de la mano y sale de casa. Aturdida, avergonzada y desesperada.

19,10 horas.

     María entra en casa, con miedo. Las luces apagadas y la oscuridad del pasillo le indican que no hay nadie en casa. Viene de la feria, de intentar distraer a sus hijas entre los juegos y las risas de otros niños. Se acerca hasta su habitación de matrimonio. Está vacía. Luis no está en casa. Se sienta con las niñas en el cuarto de los juguetes y las entretiene, haciendo tiempo hasta la hora de la cena.
     - Mamá, ¿papá va a volver?
     - Claro.

23,00 horas.

     El tiempo está quieto. No pasa. No hay ruido. Las niñas están dormidas hace rato y el espacio a su alrededor es vacío. No soporta este silencio. Un largo minuto más y acabará loca. Así no puede vivir. Se aferra a la imagen de sus hijas y toma la decisión.
      - …Luis, …¿vas a tardar?, te he preparado la cena… Sí, y el caldo que te gusta. Venga, te espero…

 



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