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REVISTA TIRANO BANDERAS DIGITAL
Abril 2008 (Nº 1)

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LA OBRA DEL MUNDO

por Alejandro Pérez García

     Luisete, después de un viaje tan largo, llegó roto a casa. Conectó el televisor, se tiró sin ningún cuidado sobre el sofá y se arropó con un lienzo malva, sembrado de flores amarillas y blancas. Cayó rendido, como cuando era niño y su madre le bañaba después de una llantina, enrabietado porque no quería salir de paseo o no le dejaban jugar todo el día con la videoconsola.

     Desde pequeño creyó que el mundo era sólo lo que él veía: su casa, el ascensor, la vecina pija de todos los días, el colegio, las chuches o el olor a guiso que subía por el patio; y, por la tarde, la PlayStation, internet, el móvil, la maldita bola rodando en el piso de arriba, la música a todo volumen escapándose por alguna ventana y las regañinas de sus padres. Nada más. Siempre lo mismo. Bueno, en el verano el mundo se le hacía un poco más grande; llegaba hasta el pueblo de sus abuelos: el caserón en ruinas de los tíos, las eras, las huertas, los animales y el tío Kiko, un señor mayor con boina descolorida, pantalón y chaqueta de pana, faja y garrota, que contaba historietas a los niños de los veraneantes. “Los zoquetes del pueblo —decía él— no me hacen ni puñetero caso”.
El viejo, que era como la página borrosa de un libro con capítulos repetidos, relataba que su abuelo estuvo en la Guerra de Cuba, hablaba de cuando no había agua en las casas, del pan que se hacía en los hornos del pueblo, de la caza de los gamusinos, de la capadura de los tomates y de la cría de los grillos, pero no sabía lo que era el messenger ni el google. Para Luisete lo del tío Kiko era un mundo vacío, lleno de abstractos, habitado sólo por las ruinas de un planeta demente, donde no cabía el progreso. Con o sin aquellos chascarrillos, carentes de sentido para él, su universo era muy pequeño, pero suficiente. El chico no necesitaba mucho más. Los inventos de la época le abstraían, se relacionaba poco y no salía casi nunca a la calle.
     Como Luisete nació ya en la abundancia de un ambiente palabrero, pero sin mucho discurso sobre las creencias religiosas, había oído alguna vez, vagamente, que el mundo fue hecho en seis días. Este plazo de ejecución le desconcertaba, sobre todo porque los trabajos de remodelación de su calle habían empezado hacía dos años y nadie sabía cuando iban a terminar.
      “¿Cómo pudieron hacer el mundo, incluido todo lo que cuenta el tío Kiko, en tan sólo una semana?”, se preguntaba Luisete, algo atolondrado como siempre. “Aquello debió ser muy latoso. Los pobre obreros, por terminar la faena, no descansaron hasta el séptimo día. Menos mal que era domingo. ¡Pobres! Bueno, por lo menos, les pagarían bien”, concluía el chico sus reflexiones.
     No salía de su asombro, tampoco nadie hacía nada para disipar sus dudas. Lo peor fue cuando, ya en edad de volar, las vísperas de un cumpleaños, sus padres le animaron a salir, a irse solo a cualquier parte, para que viera que, además de las obras de su calle, había otras zanjas y otras vidas con costumbres diferentes, y otros espacios con atractivos muy distintos a los que él conocía, incomparables con su barrio y con en el pueblo. Después de pensarlo bien, aceptó. Se compró un billete de Auto-Res y se fue.
Efectivamente, pronto descubrió que su pequeño mundo, tan grande como le soñaba, se extendía mucho más, en todas las dimensiones, como nunca podría imaginar. Así, viendo tanto, entendía menos cómo alguien fue capaz de hacer los planos, preparar el material, contratar las cuadrillas, comprar máquinas y herramientas, y conseguir todas las licencias y los informes de los impactos medioambientales, para hacer un mundo tan grande en tan poco tiempo. ¡Seis días!
     Luisete, contemplando la Catedral de Burgos, las Murallas de Ávila, el Delta del Ebro, La Torre Eiffel, la Pedriza de Madrid y los mimos de la Plaza de Oriente, le sobrevino una crisis de confusión. No entendía nada. Sin embargo, no dejaba de cavilar:
     “Como no había nada, lo primero que haría el constructor serían los trabajadores y, claro, seguro que los hizo como a él le convino: muchos, con buenas fuerzas, hartos de comer, sin ningún vicio, con todos los oficios aprendidos y con mentalidad de esquiroles. Fue listo aquel hombre que inventó todo. Sobra pensar que no hizo ninguna ley a favor de los derechos del trabajador, ni diría nada del convenio, ni de las gratificaciones por las horas extras o las pagas de beneficios. Nada. Todo eso lo dejaría para que lo hicieran después los de la Ugeté”.
     Y seguía con sus desatinos:
     “Hay que ver lo mal hecho que está este mundo de mierda”, se repetía. “No me extraña. Las cosas tan grandes no se pueden hacer en tan poco tiempo. En sólo una semana. ¡Qué locura! Así están los castillos, las grandes fortalezas, las empresas, el Tercer Mundo, los políticos, las leyes... Todo, todo, esperando que lo hagan nuevo otra vez; el tío Kilo, con esa cara de melón macado, también. A ver si el próximo acierta y acaba con tanta chapuza”.

     Luisete, cansado de pensar en la reparación de ese mundo que le tenía tan atropellado, estuvo muchos días aturdido y sin fuerzas para nada. Decidió recluirse en casa y no salir hasta que algún telediario anunciara las obras de reconstrucción.
      Todavía no se ha repuesto. Sigue durmiendo en el sofá, envuelto en el lienzo malva con flores amarillas y blancas.
      La televisión habla para nadie.



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