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REVISTA TIRANO BANDERAS DIGITAL
Abril 2008 (Nº 1)

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AMANTES, MANCEBAS, MERETRICES, BARRAGANAS Y CORNUDOS

por Antonio Balduque Álvarez
 

Índice de contenidos


Curiosidades del amor en Madrid.
La primera inclusa en la Puerta del Sol.
Putas en Cuaresma.
De ramera a meretriz.
Irse de picos pardos.
Vaya chollo tener un "cortejo".
Pendones madrileños en el siglo XVIII.
Cornudos con ciertos privilegios cinegéticos.
Hidalgos de bragueta.


 

ir al inicioCuriosidades del amor en Madrid

     Se ha dicho que los pueblos pueden vivir sin libertad pero no sin sexo. La necesidad de cubrir este menester llevó al hombre a utilizar su posición económica o social para utilizar en su beneficio a las mujeres, multitud de las cuales tuvieron que ejercer la prostitución por pura supervivencia. Durante siglos muchas viudas, hijas de arruinados, niñas desamparadas o mujeres maltratadas no tuvieron otra elección si querían llenar su estómago o el de su prole. Pero además, resulta revelador que la sociedad que ha utilizado los servicios de las prostitutas pueda despreciar al mismo tiempo a este colectivo usando para referirse a ellas términos tan crueles y despiadados como puta, prostituta, meretriz, ramera, zorra, manceba, fornicadora o pécora.

 

 

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén
¿Por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

¿Cúal es más de culpar
aunque cualquiera mal haga
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

 

     Con este artículo pretendemos que el lector descubra el origen de ciertas palabras, expresiones y términos usados coloquialmente relacionados con la prostitución, intentando de una manera desenfadada eliminar su carga peyorativa. Espero que disfruten leyéndolo y tenga por seguro que si lo hacen experimentarán un placer…sin pecado. Hasta el siglo XIX las prostitutas de Madrid tenían que concentrarse obligatoriamente en una zona determinada que marcaba el Ayuntamiento mediante ordenanza municipal. Originariamente la mancebía se localizaba en la calle de la Duda, entre la calle Mayor y la Puerta del Sol, y por estar cerca de esta puerta el local donde ejercían la prostitución se le dio el nombre de "Las Soleras". Cuando vayan próximamente a la Puerta del Sol, miren en dirección a la conocidísima pastelería "La Mallorquina" porque en esa zona era donde se localizaban las putas madrileñas y como en esa época no había rótulos fluorescentes para anunciar "el mercado de la carne", la manera de hacer saber que allí había mujeres dispuestas al fornicio era colgar de las ventanas o balcones colchones, medias de rayas o enaguas. Históricamente la Puerta del Sol ha sido un lugar de paso si se quería alcanzar las iglesias de Nuestra Señora de Atocha y San Jerónimo. Según se cuenta, muchos feligreses que tenían la intención de acudir a estos lugares sagrados, cuando llegaban a las inmediaciones de lo que actualmente es la Puerta del Sol quedaban prendados por el magnetismo de las mujeres allí reunidas y preferían arrodillarse en el catre que hacerlo en la iglesia, por lo que Carlos I ordenó, por una cédula expedida el 28 de julio de 1541, "que las casas de la mancebía que están cerca de la Puerta del Sol se trasladen a otro punto más distante y apartado del camino que va a los monasterios de San Jerónimo y de Atocha, a cuya solicitud se manda dicha traslación para evitar los escándalos que presenciaban los fieles que concurrían a dichos monasterios". Los dueños de la mancebía, llámese hoy "puticlub", tuvieron que trasladar el negocio a otro terreno fuera de la Puerta del Sol, situándose en la Cava de la muralla de dicha puerta, mientras que el anterior local fue comprado por el Conde de Oñate para edificar allí su palacio.

ir al inicioLa primera inclusa en la Puerta del Sol.

      En 1567 se fundó en la iglesia del Convento de la Victoria, muy cercana a la Puerta del Sol, la Congregación de Nuestra Señora de la Soledad y de las Angustias. Felipe II regaló a la citada congregación una imagen de la Virgen de la Paz rodeada de ángeles y con un niño a sus pies, que un soldado de los Tercios españoles había traído de una localidad flamenca conocida como Enkluisenn. Por ser una zona muy frecuentada por niños huérfanos, fruto de la licencia de las costumbres y las relaciones extramaritales, la congregación aprovechó sus instalaciones para recoger a estos niños abandonados, por lo que los madrileños al ver que la Virgen que presidía el templo había sido traída de Enkluisenn, españolizaron la palabra y llamaron "inclusa" al local que servía de refugio a estos expósitos. Aunque fueron pasando los siglos y publicándose ordenanzas que regulaban el negocio del sexo en Madrid, la zona de Sol continuó siendo un lugar muy frecuentado por las meretrices y así lo atestigua en 1818 el Dominico Fray Servando Teresa de Mier que a su paso por la capital comenta: "A las oraciones de la noche se apoderan de la Puerta del Sol y de todas las calles contiguas una infinidad de muchachas prostitutas, muy bien puestas, con sus basquiñas y mantillas blancas, que no hacen sino pasar y repasar muy aprisa, como quien va a otra cosa que lo que realmente busca y así están andando hasta las diez de la noche. Hecho el ajuste se despacha en los zaguanes y escaleras y cuando yo entraba a mi casa por la noche no hallaba donde pisar por los diptongos que había en los descansos. Hay muchas alcahueterías; pero eso es para los más decentes. Suceden con esto mil chascos, porque los zaguanes de Madrid son las secretas y meaderos públicos y es necesario entrar por un caminito que queda en medio, recogiendo la ropa para no ensuciarse". Como se aprecia no debía ser muy higiénico recorrer la zona, pero además nos informa de una costumbre muy extendida entre estas mujeres, muchas de ellas iban por la calle con los pechos fuera "enseñando mercancía", llevando además anillos de oro en los pezones. Los jóvenes en la actualidad creen que son "supermodernos" por llevar más pendientes que una folclórica y no se dan cuenta que esta moda ya se usaba en Madrid hace siglos.

ir al inicioPutas en Cuaresma.

      Al encargado de regir una mancebía se le conocía como "Padre Putas" o "Padre de la Mancebía" y para ejercer su oficio tenía que recibir obligatoriamente una licencia municipal y la aprobación del Concejo de la ciudad. Igualmente, las meretrices para poder ejercer la prostitución dentro de la mancebía tenían que presentarse ante el juez del barrio y certificar que eran mayores de doce años, que habían perdido la virginidad y que eran huérfanas de padres desconocidos o abandonadas por sus familias. Una vez que el juez comprobaba estos requisitos, otorgaba un documento donde las autorizaba a ejercer su oficio, siendo el Padre de la Mancebía el responsable ante el Concejo del buen orden en el interior del burdel, estando obligado por ley "en pro de la salvación de las almas de sus pupilas", a hacerlas "descansar obligatoriamente en determinadas fiestas religiosas". La fiesta principal en la que las prostitutas debían dejar "descansar su sexo" era en Cuaresma, periodo de 40 días de oración, penitencia, abstinencia y ayuno, en el que se propone al hombre arrepentirse de sus pecados, siendo el Padre de la Mancebía el encargado de retirarlas de la circulación, teniendo que vivir mientras tanto de la mendicidad para poder subsistir, de ahí el dicho popular: "pides más que las putas en Cuaresma". El primer día de la Cuaresma era el Miércoles de Ceniza, existiendo la costumbre desde el siglo IX de imponer ese día en la cabeza de los fieles las cenizas resultantes de quemar las palmas del Domingo de Ramos del año anterior. El significado de tal acción es recordar que todo lo que en la tierra nos parece signo de gloria y riqueza, una vez muerto no sirve para nada, y el sacerdote católico cuando impone la ceniza nos lo recuerda con estas palabras: "Con el sudor de tu rostro te alimentarás de pan, hasta que regreses a la tierra de la que fuiste formado, porque recuerda, hombre, que eres polvo y que al polvo regresarás". Esta fórmula litúrgica es frecuentemente transformada en "Polvo somos, del polvo venimos y en polvo nos convertiremos", por lo que algunos han usado la expresión "echar un polvo" como sinónimo de coito.

ir al inicioDe ramera a meretriz.

      En la actualidad muchos establecimientos dedicados a la prostitución enmascaran el negocio colocando únicamente en la puerta un sencillo cartel que indica "masaje". Igualmente hace siglos en España era costumbre colgar un ramo en la puerta de las tabernas para llamar de esta manera la atención a los clientes indicándoles que no se trataba de viviendas particulares. Por esta simple razón, a las mujeres que allí ejercían su oficio se las empezó a llamar rameras, término que todavía hoy se usa frecuentemente. Menos usual, aunque no desaparecido, es el de meretriz, que deriva del verbo mereo que significa "ganar" o "cobrar". En Roma se establecía una diferencia entre meretriz y prostituta basada en el tiempo durante el cual ejercía su oficio. Mientras que la meretriz sólo ejercía de noche, la prostituta, cuyo nombre deriva de trabajar delante de los "staula", se dedicaba a su actividad tanto de día como de noche, hoy diríamos "full time". Las casas donde ejercían las meretrices se denominaban meritorias, aunque era más usual usar el término casa de lenocinio, porque Leno era comerciante de esclavas y en la antigua Roma la mayoría de las prostitutas habían llegado como cautivas. De todas formas, era tal el número de mujeres dedicadas a la prostitución, que muchas de ellas usaban las arcadas de los grandes edificios abovedados como centro amatorio, y al denominarse estas bóvedas fornix, al acto sexual realizado debajo de ellas se le empezó a conocer como fornicar, y a las mujeres que lo realizaban previo pago fornicadoras. Otros epítetos más crueles y ultrajantes que se usaban para designarlas hacían referencia a las características de ciertos animales. Se las llamaba babosas porque al igual que este gasterópodo arrasaba con su voracidad las plantas de las huertas, ellas arruinaban a los hombres. Zorras, por su astucia para atraer a los incautos a sus camastros, o incluso pécoras porque actuaban agrupadas. En latín pecus, pecoris designaba al rebaño y en general, a todo tipo de reses domésticas como vacas u ovejas. Para los romanos una oveja era una pécora. Del latín pasó a nuestro castellano, usándose en nuestro país la expresión carta pécora para designar una carta escrita sobre piel de oveja, de modo que decir mala pécora era tanto como decir mala piel o malas entrañas. Como sobre las putas han recaído todas las infamias posibles, la gente rústica no dudó en identificarlas con lo más bajo que conocían, una mala oveja era una mala pécora.

ir al inicioIrse de picos pardos.

      Como hemos vistos, desde la antigüedad las mujeres han ejercido la prostitución pero siempre han sido obligadas a diferenciarse del resto por su forma de vestir. En España, en algunos periodos, se obligó a que llevasen como distintivo de su oficio una toca amarilla en la cabeza, aunque fue más común forzarlas a usar unos mantos de color pardo que acababan en varios picos, por lo que cuando algún hombre se iba con una "moza de partido", como también se las llamaba, se decía que se había ido de "picos pardos". Durante muchos siglos el matrimonio no fue más que un contrato entre familias sin que la opinión o los sentimientos de los futuros esposos contasen para nada. El amor no solía estar presente en estas relaciones, siendo moneda de curso legal en la vida de pareja las riñas, las discusiones e incluso la violencia, por lo que el adulterio era práctica normal siendo muy común encontrarse en nuestras ciudades con barraganas, mujeres que vivían a expensas de un solo hombre que las mantenía y reconocía los hijos que con ella tuviera. Hoy llamaríamos a esta práctica "tener una querida". Si el hombre vivía en soltería podía alternar en sociedad con su querida, pero si estaba casado y acudía con ella a algún lugar público, se arriesgaba al destierro para él y la cárcel para ella. Por el contrario, cuando la mujer quería mantener una relación extramatrimonial, se encontraba con un muro muy difícil de franquear: el honor de la familia. Ante la aparición de la más leve sospecha de infidelidad, se exigía que el hombre reaccionase violentamente matando a la esposa o a la hija, ya que sólo la venganza podía restaurar la honra perdida. Si la mujer casada era sorprendida in fragranti, el marido buscaba un testigo, presentaba denuncia a los tribunales y si se probaba el adulterio, el juez devolvía la pareja al marido, que podía hacer con ellos lo que quisiera, ejecutarlos en público o perdonarlos. Se cuenta el caso que en Madrid, a mitad del siglo XVII, un marido engañado que encontró a su mujer en la cama con otro, los entregó a la justicia y ésta se los devolvió para que, según lo establecido en las leyes, hiciera con ellos lo que quisiera. Se levantó el cadalso, y haciendo caso omiso de las peticiones de clemencia del público congregado, los degolló a los dos. Empapó luego el sombrero en la sangre y lo lanzó a la multitud diciendo: "Cuernos fuera". Aunque estas situaciones pudieron suceder, lo más normal era que los esposos infieles se preocuparan de que el asunto no trascendiera del ámbito familiar protegiendo así el buen nombre de la familia.

ir al inicioVaya chollo tener un "cortejo".

     Si lo anteriormente expuesto ocurría en el Siglo de Oro, un vez que se alcanza el siglo XVIII para las clases altas llegó a ser hasta de buen gusto tener un amante, por lo que las señoras de la nobleza madrileña gustaban tener junto a ellas una particular figura que se conocía como "el cortejo". Este individuo, generalmente un mocetón apetitoso, permanecía junto a la señora en todo momento del día, en privado y en público, estuviera la dama enferma o sana, se vistiera o aseara, debiendo ser invitado a acompañarla a todas partes. Si la dama estaba en casa, él se encontraba a su lado; cuando ella salía, lo hacía del brazo de él; cuando tomaba un asiento en una reunión, guardaba una silla para él; y si participaba en alguna danza, lo hacía con él. Pero lo más curioso era que las damas que tenían cortejo estaban…casadas, y los maridos rara vez se sentían celosos, porque se suponía que esta relación era platónica y limpia. Infelices, deja a un mono con dos pistolas y dile que no las use. El cortejo tenía que llegar a la habitación de su dama antes de que ésta abriera los ojos para despertarla con dulzura, abrir la ventana, darle con mimo el desayuno, contar los chismes de la alta sociedad, aconsejar sobre la ropa que debía ponerse o el perfume a llevar. Tenía que atenderla servicialmente en todo y escuchar sin aburrirse cuanto ella quisiera contarle hasta que al final de la jornada la volviese a dejar cómodamente recostada en su cama. Él no debía hacer caso a ninguna otra mujer y, si algún caballero conversaba con ella, a los pocos momentos se encontraría confundida, temiendo haber ofendido a su cortejo. Lo más probable es que lo hubiera hecho; y aunque ella fuera la duquesa más importante del reino y él un simple militar de baja graduación, tal vez llegaría a insultarla; y de hecho, en alguna ocasión algún cortejo arrastró a su amante por los pelos por toda una sala. Pero si la ofendida fuera ella, hasta la mujer más delicada se abalanzaría sobre él como una tigresa y le golpearía en la cara hasta amoratársela. En estas cuestiones, el marido, curiosamente se mantenía aparte y no contaba para nada. ¿Se imaginan ustedes si en la actualidad existiera la figura del cortejo?

ir al inicioPendones madrileños en el siglo XVIII.

     A mediados del citado siglo XVIII, Madrid tenía censados más de setecientos burdeles, estando localizados primordialmente en las cercanías de la Puerta del Sol, la calle Barquillo, Leganitos, Lavapiés y el barrio de Maravillas. Gracias a Nicolás Fernández de Moratín y a su libro "El arte de las putas", conocemos los jocosos nombres de algunos de los más afamados pendones verbeneros de la capital. Muy buscada era la Isidra, "por su gran mar de tetas, donde la vista en su extensión se pierde", Benita que atraía a los clientes "por sus tetas desiguales", la salerosa Antonieta "por su hambrienta vulva", Margarita por ser manceba experta y reconocidísima "por su abultado chocho", mientras que "La Aguedilla" era especialista en "frailes y clérigos embozados".
      Los precios, por la creciente oferta, no eran disparatados, pagándose desde un real de plata hasta ocho reales si la manceba tenía un "virgo nuevo", aunque la mayoría de las veces la joven que se ofrecía como primeriza no lo era tanto pues "se había remendado el virgo con cal, clara de huevo y otras drogas". A parte de estas meretrices, que ejercían como fijas en los lupanares madrileños, había que añadir un número considerable de mujeres gallegas y asturianas que mezcladas con las cuadrillas de segadores llegan hasta la provincia de Madrid para ayudar en las tareas agrícolas. Durante el tiempo que los hombres realizaban las faenas propias de su oficio, estas mujeres aprovechaban para ejercer la prostitución por lo que era muy común escuchar la expresión "estar como putas por rastrojos" no sólo para indicar el lugar donde solían realizar el acto sexual, sino para indicar las condiciones tan lamentables en las que tenían que vivir.

ir al inicioCornudos con ciertos privilegios cinegéticos.

     En la época actual, tan desvinculada de lo simbólico, se ha olvidado el papel tan importante que los cuernos tenían para nuestros ancestros, permaneciendo en nuestros días tan sólo el aspecto de mofa sexual-marital. Existen autores que sostienen que cornudo procede de la palabra hebrea cherenudo, ya que cheren significa cuerno, usando los hebreos estos cuernos para ejecutar música en sus pregones, y así los maridos de las adúlteras se llamaron cornudos o cherenudos por ser divulgados en los pueblos como si lo pregonasen los cuernos o las trompetas.
      De igual manera los antiguos llamaron a este marido cabrón, porque la cabra, con su lascivia, no se contenta con el ayuntamiento de un sólo macho. Existen otros autores que ven su origen en el final de la antigüedad clásica. Según éstos, existía una costumbre por la cual los reyes y los grandes señores tenían la potestad de compartir el lecho con las mujeres de sus súbditos. A los maridos, en contrapartida, se les recompensaba con derechos de caza, privilegio muy considerado por no estar al alcance de cualquiera. El modo de hacer saber a todos que cierta persona tenía algún tipo de privilegio cinegético, era poner unos cuernos (de ciervo en general) en la fachada de su casa, de ahí que a los que habían alcanzado este premio gracias a su mujer se les llamará cornudos.

ir al inicioHidalgos de bragueta.

     Más cercano a nosotros tenemos el uso de los cuernos como señal de aviso. En el siglo XIII los monarcas castellanos, para incentivar a la población con el fin de defender y consolidar las tierras recién conquistadas a los moros, repartieron suelo con la única condición de residir en él.
      Si además de vivir en el terreno cedido, el hombre prestaba servicio de vigilancia en la frontera podía llegar a ennoblecer siendo considerado como "Hidalgo del Cuerno" por tener que hacer sonar un cuerno para avisar de la proximidad del enemigo. En Segovia, a los vecinos de Zamarramala se les conocía como "Hidalgos por el cuerno" por ser los encargados de la vigilancia del Alcázar y usar como instrumento de alerta el citado instrumento. Menos fatigoso tuvo que ser llegar a "Hidalgo de Bragueta" ya que a éstos sólo se les pedía haber engendrado a siete hijos varones. Para comprobar que estamos en una sociedad machista, hay que observar que cornudo no tiene femenino, no existe cornuda. Mientras que el adulterio de la mujer es infamante para el hombre, el del hombre se tolera. Y hablando de cornudos, para finalizar no podemos dejar en el tintero la sabrosa anécdota que le acaeció al escritor Narciso Sáenz Díez Sierra (1830-1877). Un día paseaba por una calle de Madrid junto a un amigo, y hablando de estos temas amatorios, le preguntó curioso: "¿Cuántos cornudos te parece que viven en esta calle sin contarte a ti? ¡Cómo sin contarme a mí! Esto es un insulto" - le replicó su amigo. A lo que el jocoso escritor no dudó en responderle "Bueno no te enfades. Vamos, contándote a ti, ¿cuántos te parecen que hay?"

 



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