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Revista Tirano Banderas Digitalnº 0

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Llegó a mi casa...
por María Luisa Ruiz
(FRANCIA)

 

   

Llegó a mi casa diciendo que no se sentía muy bien.
Llegó a mi cama con la necesidad del sueño de los que piensan la eternidad.
Llegó en mi vida con una boca que me dejaba adivinar los apetitos y las heridas de un adolescente escondido, de un niño exigente buscando huecos de ternura para los baches del camino.
Llegó un hombre con un silencio de canción.
Llegó sobre mi piel.
Llegó con su macuto.
Y el sitio que encontró…
Ahí estaba.
Ya podía irse.

***

     Gibraltar. El estrecho y la roca. La leyenda de los monos.
En Málaga tienen un jardín cerca de la vieja alcazaba. La Línea de la concepción: ¡qué felicidad de nombre de ciudad! Ganas de compartir, indicación de encuentros; el de las aguas tal vez, por lo tanto a unos cuantos kilómetros.
      Costa andaluza: el azul y el verde en una mezcla vista desde el cielo.
      - ¡Mira! ¡Mira! Otro avión que va para África.
      - ¿Cómo sabes que va para África?
      - Porque sí.
      - Eso no es una respuesta. Dime ¿por qué desde hace unos días todos los aviones que ves pasar por encima del mar para ti van a África?
      Se ve delgadito en el bañador que le he comprado. El que llevaba era demasiado largo y la arena se le metía por dentro. También parecía que se iba a volar cuando estaba en el agua. Las nalgas se le inflaban como globos.
      - ¡Bueno! No quieres decirme por qué es para África que van esos aviones.
      Una sonrisa. Se le han caído los dos dientes de adelante. Está muy moreno: un color marrón oscuro. Una carita de gitanillo. Cuando nació tenía por debajo de la cintura las manchas azulonas que conservan durante varios meses los bebes nacidos muy morenos. En la familia nadie más que yo lo sabía.
       - ¡Déjame ya con tus preguntas! Tú sabes que África está por allí.
      Me enseña el mar. No insisto. Acepto su idea y la mano que me tiende para irnos juntos al agua. Hablaremos más tarde. No faltan aviones. La playa en la que estamos se encuentra cerca del aeropuerto.
      Después de dos o tres baños entiendo que para él todos los aviones que pasan sólo tienen dos destinos: África o París. África mar adentro, París tierra adentro.
      Más sencillo no podía ser.
      Tomé sus palabras como me las había dado: un don de imaginario para mi geografía clandestina. En el avión que me lleva a Nueva York, me la voy dibujando siguiendo la costa mediterránea. El piloto les habla a los pasajeros: A la derecha Sevilla, a la izquierda Jerez de la Frontera.
      Otro nombre más de límite, de encuentro. El del mar y del océano ya se acerca.
      Un día le hablaré de los monos. Por ahora miro hacia otro lugar. No quiero perderme la desembocadura del Guadalquivir, también quiero ver la bahía de Cádiz y allí donde empiezan las costas de Portugal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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