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Revista Tirano Banderas Digitalnº 0
 

 

EL ANUNCIO
por Javier Ribas

 

      "Varón, edad mediana, buena presencia..."

     Sus labios perfilaron una sonrisa. Teniendo en cuenta que ahora la media razonable de vida alcanzaba los ochenta y tantos, el ingeniero Ángel Giner no mentía mucho. Muy cerca de los cincuenta bien pudiera, si no disimular, tal vez explicar alguna arruga de más. El trajín de su vida hasta ahora había sido agitado, rápido y agotador, como  el pez que aguas arriba lucha por remontar la corriente. Y esto dejó su sello marcado en los surcos de la frente, en las ojeras y en la mirada.
Se levantó de la silla que tenía dispuesta frente al ordenador y acercó el rostro al espejo del salón. De nuevo apareció la curiosidad, la duda y al final el enfado. Frente a su imagen reflejada, varió el gesto. El cristal se lo devolvió al instante, tal cual: sus cejas, su corta barba sin afeitar, incluso sus cálidas pupilas de color marrón claro. 
     Sí, confirmó que era él, pero no se sentía así. Allí aparecía su verdadero físico, pero era como si un mimo irónico, escondido tras el espejo, ridiculizara cada rasgo, cada línea del rostro que él, mientras no se enfrentaba a sí mismo, idílicamente suponía interesante. De ahí el esfuerzo diario por evitar el cruce con ese hiriente enemigo. Con el ceño fruncido, volvió a su ordenador.  

     "...estudios universitarios superiores,  nivel cultural correcto, en ejercicio de su profesión, por su enorme deseo de conocimiento..."

     Nadie debería pensar que era un desarrapado o un caradura, al leer el aviso que iba a insertar en el periódico local. Tampoco quiso que se llevaran a engaño con lo escrito. Era un anuncio muy especial que exigía ser examinado con atención. No tenía costumbre de mentir así que quiso reflejar su verdadera situación actual. Sí, para que la propuesta extraña llegara a buen puerto, lo mejor la sinceridad y la sencillez.  Porque su meta para el futuro era aumentar su conocimiento, y como aún quedaban años por delante de arduo camino - antes de que sus neuronas se bloquearan – quiso empezar cuanto antes.
     Su felicidad venía dada por su interés por todo lo que le rodeaba.  Al observar el mundo, la respuesta de éste era como pura algarabía. Su emoción al estudiar el universo siempre cambiante, le llevaba a olvidar la replica de su irreverente reflejo del espejo con esa imagen de mayor, casi de viejo. No, los nuevos aprendizajes añadían a su vida un hálito de alegría, expectación e interés. Ese diálogo de ida y vuelta, de dentro a fuera y viceversa, era el alimento necesario para darle animo a su espíritu y que éste quisiera seguir viviendo. Era su fuente de juventud.

     "... sin cargas personales..."

     Al teclear estas palabras, lo hizo con firmeza. Porque así era. "He aquí el verdadero motivo por el que puedo dar el salto - se dijo el ingeniero - Nadie depende de mí".
     Sus dos hijos, ya criados y educados, hacían su vida. Al trabajar ambos en el extranjero, inmersos en la vorágine productiva, sus contactos eran muy esporádicos, sin tiempo para dedicarlo al padre. Y él les entendió, porque en su momento hizo lo mismo. Tal vez equivocadamente, pero actuó de idéntica manera. Por tanto, sin reproches, aunque les echara de menos.
     Tampoco con su mujer, desgraciadamente, le quedaban deudas pendientes. Salvo la visita a realizar cada dos meses al cementerio, allí ponía fin a sus obligaciones. Eso sí, ocurriera lo que ocurriera, ese encuentro pensaba  mantenerlo.  Le gustaba ir, sentarse un rato frente al nicho y contarle sus ideas y sus locuras. Habló mucho con ella en vida y ahora en este consuelo póstumo, el monólogo susurrado, le sentaba bien, quedaba como si le hubieran dado un masaje corporal: relajado, satisfecho y presto a vivir. Apoyarse en la muerte para salir más vivo, ¡qué paradoja!
     Pues allí se le ocurrió la posibilidad del anuncio. Ángel vio, mejor dicho, sintió, que su mujer le llamaba golfo al tiempo que sonreía. Pero no le recriminó. Porque ella sabía de su dedicación exclusiva al mantenimiento familiar durante sus años de matrimonio, al trabajo duro para hacerse merecedor de un salario digno con el que sacar adelante a ella y a sus hijos. Entendió que su marido quisiera, a partir de ahora, otra vida.
     Así que Ángel, sin nadie a quien alimentar salvo a él, sin ninguna dependencia, decidió no aguantar más las presiones diarias a que le obligaba su elevado cargo, aunque para ello tuviera que renunciar a su elevada remuneración. Su trabajo no le satisfacía y ahora sus objetivos en la vida eran otros y muy claros. 
     No dudó frente a la última frase del anuncio. La culpa de esa decisión la tenía su cuenta corriente bancaria. Estaba a cero. El ahorro fue imposible en su etapa anterior. Tampoco tenía cerca su jubilación y salvo desgracias personales, aún tenía que comer durante unos años.  Le urgía mantener ingresos.
     Respiró hondo, meditó un instante sobre su voluntad para dedicarse a estudiar, a formarse, a leer, a escribir, a pasear y a ver mundo, ofreciendo a cambio compañía, educación y fidelidad. Acabó de redactar su anuncio sencillo, breve y solícito con la esperanza de que alguien le entendiera.

      "...busca mujer que le mantenga a cambio de compañía." Teléfono 695496426


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