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SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA,
EL ARZOBISPO DE LOS POBRES
por Francisco López Martínez
Tomás García Martínez, más conocido como Santo Tomás de Villanueva, nació en Fuenllana en 1486, se educó y creció en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde sus padres poseían una rica hacienda, pese a lo cual, muchas veces el muchacho se presentaba desnudo a casa porque había dado sus vestidos a los pobres. Queda en pie parte de la casa original, con un escudo en la esquina al lado de un oratorio de la familia; en este oratorio, el día 22 de septiembre que se celebra en Villanueva de los Infantes la fiesta de Santo Tomás (casualmente estuve allí), regalaban el pan a todo el pueblo.
Sus padres no le dejaron riquezas materiales en herencia; pero sí una herencia mucho más importante: un profundo amor hacia Dios y una gran caridad hacia los demás.
A los quince años, fue enviado a la universidad renacentista de Alcalá, de la que llegó a ser maestro, con una vasta competencia en las ciencias humanas y sagradas. Allí obtuvo el título de “maestro” de lógica, física y metafísica. Continuó estudiando teología durante tres cursos. Bachiller en Artes y Licenciado en Teología, le encargaron la Cátedra de Lógica. Sus estudios en Alcalá le habían dejado una profunda impronta humanística.
En 1516 pidió y consiguió ser admitido en la comunidad de los Padres Agustinos, en Salamanca. Allí viste el hábito de la Orden de San Agustín, que por aquellos mismos días Lutero tira a las zarzas. Fue ordenado sacerdote en 1518 y después fue profesor de la universidad. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida y un criterio muy práctico para dar su opinión sobre temas difíciles.
Este inmenso predicador que fue llamado “el divino Tomás”, sentía una predilección especial por atender a los enfermos y repetía que cada cama de enfermo es como una cama ardiente de Moisés, en la cual se logra encontrar uno con Dios y hablar con Él; pero entre las espinas de incomodidad que lo rodean. Fue nombrado Provincial de su comunidad
y en 1533 envió a América los primeros Padres Agustinos que llegaron a México.
El emperador Carlos V le había ofrecido el nombramiento de arzobispo de Granada pero él no lo aceptó. Un día el emperador le dijo a su secretario: Escriba: “Arzobispo de Valencia será el Padre…” y le dictó el nombre de otro sacerdote. Cuando fue a firmar el decreto leyó que el secretario había escrito: “Arzobispo de Valencia, Tomás de Villanueva”. “Pero este no es el que yo le dicté”, dijo el emperador. “Perdone, señor” –le respondió el secretario-, me pareció haberle oído ese nombre. Pero lo borraré”. “No, no lo borre, dijo Carlos V, el otro era el que yo pensaba elegir, pero este es el que Dios quiere que sea elegido”. Y mandó que lo llamaran para darle noticia del nombramiento. Tomás se negó a obedecer al emperador en esto. El hijo del gobernante (el futuro Felipe II), le rogó que aceptara, pero tampoco quiso aceptar. Solamente cuando su superior de comunidad se lo mandó bajo voto de obediencia, entonces sí aceptó tan alto cargo.
Al tomar posesión de su cargo de arzobispo, los sacerdotes de la ciudad le obsequiaron con 4.000 monedas de plata para hospital, diciendo Tomás: “Los pobres necesitan esto más que yo. ¿Qué lujos y comodidades puede necesitar un sencillo fraile y religioso como soy yo?”.
El emperador Carlos V al oírle predicar exclamaba: “Este Monseñor conmueve hasta las piedras”. Y cuando estaba en la ciudad, el emperador nunca faltaba a los sermones de Monseñor Tomás. Sus sermones producían cambios impresionantes en los oyentes, y aun hoy día conmueven profundamente a quien los lee. La gente decía que Tomás de Villanueva era como un apóstol San Pablo, enviado por Dios para transformar a los pecadores.
Dedicaba muchas horas a rezar y a meditar, pero su secretario tenía la orden de llamarlo tan pronto como alguna persona necesitara consultarle o pedirle algo. A su palacio arzobispal acudían cada día centenares de pobres a pedir ayuda, y nadie se iba sin recibir algún alimento o dinero. Especial cuidado tenía el prelado para ayudar a los niños huérfanos. Y en los once años de su arzobispado no quedó ninguna muchacha pobre de la ciudad que en el día de su matrimonio no recibiera un buen regalo del arzobispo.
Frecuentemente mientras celebraba la Santa Misa o rezaba los Salmos, le sobrevenían los éxtasis, se olvidaba de todo lo que le rodeaba y sólo pensaba en Dios. En esos momentos el rostro le brillaba intensamente.
Cierto día mientras predicaba fuertemente en Burgos contra el pecado, tomó en sus manos un crucifijo y levantándolo gritó “¡Pecadores, mírenlo!”, y no pudo decir más, porque se quedó en éxtasis, y así estuvo un cuarto de hora, mirando hacia el cielo, contemplando lo sobrenatural. Al volver en sí, dijo a la multitud que estaba maravillada: “Perdonen hermanos por esta distracción. Trataré de enmendarme”.
En septiembre de 1555 sufrió una angina de pecho e inflamación de la garganta. Mandó repartir entre los pobres todo el dinero que había en su casa. Hizo que le celebraran la Santa Misa en su habitación, y exclamó: “Que bueno es Nuestro Señor: a cambio de que lo amemos en la tierra, nos regala su cielo para siempre”. Murió cuando tenía 66 años, el 8 de septiembre de 1658, y fue canonizado por el Papa Alejandro VII el 1 de noviembre de 1658. Sus restos se conservan en la iglesia Catedral de Valencia. Su fiesta litúrgica se celebra el 10 de octubre.
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