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TRES COPAS Y UN DESTINO PENDIENTE
por Blunk
(Accésit al concurso de relato breve del Ministerio de Medio Ambiente)
Me acerqué a la ventana y observé como las personas en la avenida se movían de aquí para allá aparentemente de una manera aleatoria y sin sentido. Sin embargo la mayoría de ellas tendrían un rumbo predeterminado de antemano, y pensarían en ese instante en los destinos a donde querían llegar, o quizás sobre aquello que habían dejado atrás. Apenas reparaban en los rasgos de aquellos con los que se cruzaban, y en sus trayectos enredados, a veces se esquivaban, otras se rozaban, e incluso en algunas ocasiones se llegaban a chocar, sin que ni siquiera en esos momentos de máxima proximidad fuera causa alguna para preguntarse algo de aquel desconocido con el que se habían topado, y con el que seguramente no volverían a encontrarse en sus vidas. Sería interesante determinar para cada una de ellas, el número de cuántos de esos encuentros fortuitos fueron con alguien que hubiera sido capaz de cambiarles sus destinos. Un cálculo un tanto irrealizable, no sólo por la razón de determinar con seguridad si una persona tiene esa capacidad reparadora para con nosotros, sino porque también resultaría complicado saber si hubiera podido desarrollarla al unirse sus circunstancias con las nuestras, en una mezcla de resultado incierto. A veces se encuentra el acompañante ideal, en el instante inadecuado, y otras, en cambio, son las circunstancias y sucesos que se presentan a lo largo de esa relación los encargados en arruinarla irremediablemente.
Al observar por la ventana el caos controlado de la muchedumbre, me evadí por un instante de la realidad que había desencadenado y que me envolvía por completo. Sólo cuando me volví de nuevo al escenario de la habitación, me di cuenta que mi destino, sea cual fuera el rumbo que fuera a elegir, tendría el mismo final desesperanzador. Allí estábamos los tres… Yo de pie al lado de la ventana, ellos dos tendidos sobre los sillones. Yo atenazado por las circunstancias desencadenadas, ellos aparentemente libres y ajenos a la nueva perspectiva abierta. Yo con mi corazón latiendo con ritmo frenético y respirando la pesada atmósfera creada, ellos totalmente inmóviles y carentes de cualquier pensamiento consciente e inconsciente. A veces los muertos aparentan más complacencia que los vivos y afortunadamente en esta ocasión así ocurría. No sabía dónde se encontrarían ahora sus sentimientos, sus sueños o sus recuerdos, pero en verdad que sus cuerpos parecían liberados de una pesada carga. O puede que esa carga fuera un producto irreal creado por mi propia conciencia.
Si pensamos en nuestras vidas en forma de trayectorias convergentes y divergentes, las nuestras se cruzaron hará ahora un par de años. Igual que cualquier otra mañana, aquel día de marzo me despertó el detestable timbre de mi despertador, al que le siguió el desayuno insustancial y el atasco interminable de todos los días. A lo largo de la mañana me encontraría las mismas caras conocidas, con los saludos y comentarios intranscendentes de siempre. En definitiva, igual sucesión de acontecimientos que se había producido ayer, anteayer, o hacía ya varios años vacíos. Nada parecía entrever que iba a ocurrir aquella misma tarde algo capaz de desencadenar un giro inesperado al monótono rumbo que se había apoderado de mi vida hacía tiempo. Y de repente y de manera casual, se conjugaron una serie de circunstancias que provocaron que ella irrumpiera en mi existencia tan de improvisto que no tuve tiempo en analizarla ni a ella ni a la situación generada. Pero es que a veces necesitas tanto un cambio que no intentas hacer nada que lo impida, y hasta lo favoreces intensamente aunque dudes de su conveniencia. Pero en este caso realmente era la mujer ideal, descubierta en el instante adecuado, con todas las circunstancias y factores puestos en armonía para favorecer el nacimiento y desarrollo de una relación plena en todos sus aspectos. Llamémoslo pasión y después amor, o amor y después cariño, o incluso cariño y después amistad. Qué más da que palabras usemos cuando ninguna de ellas puede representar el significado de lo que sentí durante ese tiempo feliz. En aquellos días, mi vida tuvo un sentido y un significado. Fue poco tiempo pero el suficiente para sentirme ahora un ser privilegiado, sobre todo si pienso en el gran número de personas que no han podido o no les han dejado alcanzar durante sus vidas ni un minuto de esa preciada dicha. Tan valiosa porque aunque hay muchas formas de sentirnos felices, sólo los que hemos conocido el amor correspondido con la persona soñada, sabemos que es el único capaz de estremecer todo el ser, desde la punta de los dedos, hasta lo más profundo del alma. Pero en esta realidad que nos ha tocado vivir, todo lo que empieza, tiene que acabar. Y en este caso, de igual forma que unos acontecimientos habían favorecido misteriosamente el origen de nuestro amor, otros desfavorables se iban a confabular para su brusco fin.
Y ocurrió en un día y en un instante cualquiera, cuando de improviso me crucé por la calle con un gran amigo de mi juventud que acababa de llegar después de pasar algunos años viajando por el mundo. Me comentó que estaba desconectado de todo y de todos, y que no tenía ningún sitio fijo para alojarse esa noche. Le dije que disponía de mi casa para pasar los días necesarios hasta encontrar algo interesante. Todavía desconozco por qué se lo dije. Solo sé que lo hice de manera espontánea y natural, sin poder imaginar en algo la trascendencia de mi ofrecimiento. De todos modos este hecho era una pieza más de la complicada maquinaria que movía mi destino, y que se disponía ahora a cambiar de rumbo una vez más. Un minuto de más o de menos, unos metros a la izquierda o a la derecha, o cualquier otra combinación de espacio o tiempo, y la sucesión de acontecimientos hubiera sido otra totalmente diferente. Si no hubiera pasado quizás ahora estaría con ella, aunque en realidad nunca sabré si de todos modos nuestra relación estaba abocada a su fin.
Aquello fue el origen. Todo lo que vino después aconteció de manera natural y encadenada. Como si se hubiera abierto una llave y una corriente de agua cayese incontenible sumergiendo silenciosamente todo el mundo que los dos habíamos creado. A la primera mirada prohibida, le debieron seguir las primeras palabras y el primer contacto secreto… y todo sin que yo pudiera intuir algo durante las semanas que convivimos los tres en casa. Vivía confiado en su amor. Y eso quizás es uno de los lados absurdos y egoístas del querer. El pensar que el otro debe sentir lo mismo de lo que a ti te arrastra. Lo trágico aparece cuando te das cuenta que no es así. Y esto en mi caso ocurrió hace poco más de una semana.
Y como ha venido sucediendo en esta historia, también fue una casualidad la que provocó que me enterara de la existencia de esta relación encubierta. Aunque bien es cierto que tarde o temprano todo saldría a la luz, también lo es que la forma de hacerlo ayudó bastante a la manera que idee para el desenlace final. Una vez más otro encuentro imposible con otra amistad olvidada. Un comentario bienintencionado que en vez de ayudar te deshace por dentro. Una sospecha creada. Una investigación que confirmó mis peores temores. Durante los meses que ya no vivíamos los tres juntos, ellos continuaban viéndose en lugares apartados donde podían dar rienda suelta a sus deseos más inconfesables. En ese instante todo se oscureció. Pero de lo único que estaba seguro es que después de bastante tiempo dejándome llevar por la corriente del destino, ahora me tocaba actuar y poner fin a un estado imposible de sobrellevar.
Fue después de varios días de aparente normalidad con ella, y de paseos nocturnos a las tinieblas con mi cordura, cuando me convencí que había descubierto el desenlace más justo a la situación provocada. Ya que todo había sido fruto de coincidencias e imprevistos, dejaría que fuera también el azar el que decidiera unos de los finales posibles que podía aceptar. Para eliminar todo triángulo, hay que borrar sus vértices. Puede ser uno, dos o incluso los tres juntos a la vez, opción esta última drástica y tentadora, pero no aceptable ya que entonces no intervendría el azar que había decidido invocar. Y por otra parte, si dejara que la casualidad eliminara solo uno de eso vértices, podría ser que eligiera a ella, y no podía ocurrir que el verdadero origen y sentido de todo, desapareciera sin arrastrar también a alguno de sus satélites en su caída. Ellos también tenían parte de culpabilidad en esta situación. Así pues decidí que sería dos a los que el destino suprimiría, y el tercero tendría al menos la oportunidad de intentar seguir en el juego de la vida, y con un poco de suerte poder recorrer el suficiente camino como para olvidar nuestra malograda conexión. El único problema sería si fuera yo el elegido. Desconocía entonces cual sería mi reacción siguiente.
Me dispuse a preparar todos los detalles relativos al trámite final. Simplemente una invitación a mi amigo a una cena que nunca se iba a producir. El anuncio de mi deseo de querer asumir todos los preparativos y que ellos sólo se comportaran como mis invitados obedientes para una jornada muy especial. Y para finalizar, la adquisición del mejor vino, y también del necesario veneno rápido, indoloro y letal. Solamente me quedaba fijar una noche y una hora cualquiera para poner punto final a esta historia de coincidencias fatales.
Dispuse las tres copas equidistantes del centro de la bandeja circular formando un triángulo equilátero de lados perfectos. Las dejé en la cocina y entré al salón sentándome junto ellos. Les miré silencioso como charlaban animosamente totalmente ajenos a lo que les deparaba la suerte disuelto en el líquido rojo de sus vasos. Le pedí a ella que hiciera el favor de traer de la cocina nuestras copas para que brindáramos por nosotros con un vino muy especial. Ella volvió con la bandeja, sosteniendo sin saberlo la llave de nuestros destinos. La puso encima de la mesa y se volvió a sentar con expresión de inocente felicidad. Observé las tres copas. Dos de ellas tenían la carga necesaria para poner el fin de nuestras vidas, pero gracias a mi interés no se diferenciaban en absoluto de la que contenía sólo un vino excelente. La rueda de la fortuna empezaba a girar sobre nuestras cabezas y dentro de unos segundos nos sentenciaría a dos de nosotros con un final rápido e indoloro.
Cogimos nuestras copas y brindamos por nuestra falsa amistad. Bebí lentamente el vino que tenía un peculiar sabor a madera de roble mezclado con la amargura del momento. Cerré los ojos y esperé unos instantes. Oí caer una copa y luego la otra. La mía seguía todavía en mi mano sostenida por mi débil y quebradiza fuerza. Los volví a abrir y observé como el azar había hecho que se unieran sus cuerpos y sus destinos una vez más. Para mi desgracia me había dejado a mí aparentemente vivo, pero vacío y muerto por dentro.
Todavía quedaba terminar la empresa realizada. Tenía que tomar la última decisión que tanto temía. Aún tenía cierta cantidad de veneno en mi bolsillo que vertí rápidamente en mi copa todavía mediada. La miré atentamente. También lo hice al teléfono que me invitaba a realizar la lógica llamada para dejar que todos los sucesos desembocaran en mi justo castigo. Me levanté, me acerqué a la ventana y observé como las personas en la avenida se movían de aquí para allá...
Al cabo de un rato estaba caminando entre el gentío, buscando una señal entre ellos que ofreciera otra oportunidad a mi existencia. Debía de ser muy rápido, ya que podía sentir detrás de mí el frío aliento de un final marcado y sin posibilidad de que el destino jugara a cambiarlo una vez más.
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