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ESPADAS, SABLES Y PISTOLAS. DUELOS Y LANCES DE HONOR EN EL MADRID DEL SIGLO XIX
por Antonio Balduque Álvarez
Hasta casi finales del siglo XIX estuvo muy extendida la costumbre del duelo entre la sociedad madrileña, no solamente en la alta, sino en la baja, porque unos con espada, sable o pistola y los otros con la chaqueta en el brazo izquierdo y la navaja en la mano derecha, quisieron solventar sus diferencias en el supuesto terreno del honor. Si se entraba en este ámbito, se tenían que respetar unas leyes inflexibles. El que las contravenía era considerado casi como un proscrito, acompañándole el estigma durante toda su vida. Tanto era así que una persona descalificada en duelo no tenía entrada en ninguna parte, por lo que muchos preferían morir de un disparo o de un sablazo que de la indiferencia de la sociedad. Pasen de página porque una nueva historia les va a retar. Espero que acepten el duelo.

Los duelos eran enfrentamientos entre caballeros que se organizaban por voluntad de una de las partes para lavar un insulto a su honor, porque éste era para ellos más sagrado que la vida y estaba, por tanto, muy por encima de las leyes gubernamentales. Se utilizaban pistolas, sables o espadas y estaban reglados con unas normas que se respetaban por el honor de los contendientes. En esencia, el fin último de un duelo no era matar al oponente, sino restaurar el honor propio al poner en juego la vida para defenderlo. Estos combates, tan antiguos entre los hombres como la guerra entre los pueblos, arraigaron primero en las poblaciones atrasadas en legislación, siendo importado a Europa por los germanos, llegando a ser tan comunes en España que los Reyes Católicos no dudaron en prohibirlos y castigar tanto a los que participaban como a los padrinos y a todos aquellos que los presenciaban. El paso de los siglos no mermó la afición a batirse y aunque reyes como Felipe V, Fernando VI o Carlos IV dictaron nuevas leyes en su contra, podemos afirmar que llegado el siglo XIX cuanto más se perseguía más se practicaba. La Iglesia Católica también los condenó con energía, castigando con excomunión y privación de sepultura eclesiástica no sólo a los duelistas, sino también a los padrinos, a los testigos, a los médicos que asistieran al lance, a los que cargasen las pistolas, a los propietarios que proporcionasen los terrenos y hasta al sacerdote que estuviera dispuesto a prestar los auxilios espirituales al herido en el combate. Aunque el castigo era contundente, la amenaza de la excomunión y la privación de sepultura no eran suficientes para que un caballero eludiera su deber. Se podía decir, sin temor a equivocarnos, que el cielo podía esperar pero los asuntos terrenales no permitían dilación, porque en cuestiones de honor si un caballero evitaba por prudencia un lance, perdía su buen nombre y corría el riesgo de que sus iguales no quisieran ni trabajar ni alternar con él. En los inicios del siglo XIX el duelo era una práctica tan arraigada que, según avanzó la centuria, llegó un momento en que cualquier motivo, por insignificante que fuera, acababa en un combate de honor. Tan común llegó a ser retar a un adversario que, en ciertos momentos, el duelo se convirtió en una pantomima que finalizaba rápidamente tras unos sablazos o un par de disparos. Pocos años le quedarían a estos enfrentamientos, pues antes de acabar ese siglo el duelo desaparecería definitivamente por suscitar un rechazo generalizado en la sociedad que calificaba los combates de honor como una bárbara costumbre o una institución salvaje.

Cómo parar los pies a un grosero.
Poco a poco la sociedad se fue dando cuenta de que los duelos eran una barbaridad que nada resolvía, pero aún así había una parte de ella que pensaba que constituían un freno para los groseros, los irascibles y los mal educados, estando convencidos de que ciertas situaciones no podían llevarse ante el juez y era mejor solucionarlas de una manera “elegante”. Aunque los duelos fueron frecuentes, eran pocos los que morían en los lances y en contra de lo que muchos pudieran pensar, no sólo eran los aristócratas los que dirimían sus diferencias a estocadas o pistoletazos, sino también escritores como Blasco Ibáñez, Valle Inclán o Luca de Tena; políticos como Romanones, Francisco Silvela o Canalejas; alcaldes como Alberto Bosch o ministros como José María Berenguer. Aunque estaban prohibidos las autoridades miraban para otro lado, castigando únicamente a los participantes cuando ya no había más remedio e incluso en estas situaciones se lo pensaban bastante, como demuestra este singular ejemplo. Un lance que dio mucho que hablar en Madrid fue el acaecido por cuestión de faldas entre un sargento de Infantería llamado Manzano y el propietario de un establecimiento. El sargento abrió la cabeza al propietario de un sablazo, estando muy cerca de la muerte por las heridas recibidas. El Gobernador Civil quiso procesar al sargento y el Capitán General, que era don Emilio Terreros, se opuso, amenazando al Gobernador con hacer con él lo mismo que había hecho el sargento con el otro. Ante tan convincente proposición, lógicamente, el caso fue archivado.
De casta le viene al galgo: Lope, Calderón y Quevedo.
Los duelos entre militares eran mucho más graves que entre los paisanos, porque no se batían a primera sangre, ya que este tipo de lances se prestaba mucho a las burlas pues un simple arañazo terminaba con el combate. Los militares del XIX, como herederos de los soldados de los siglos XVI y XVII, no dudaron en imitar las hazañas de los grandes escritores-soldados como Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o Quevedo, quienes opinaban que la espada no embotaba a la pluma o, viceversa, que la pluma no embota la espada. En esa época dominar la espada era tan necesario como dominar la pluma, porque las burlas hechas con sonetos o letrillas no solían contestarse con otros sonetos, sino con estocadas mortales. Calderón de la Barca, soldado antes que sacerdote, se lió a mandobles, junto al estanque del Retiro y en presencia de los Reyes, con el director de tramoyistas de una comedia suya por un error en la ejecución de la obra. El malentendido le costó al director un trozo de su nariz. Otro duelo sangriento fue el motivo de la huída a Italia de Cervantes. Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, además de hombre valeroso, ágil y robusto, fue también un excelente espadachín, lo que le permitió salir airoso de múltiples duelos. Pero entre todos, el que era tan temible con su pluma como con su espada fue don Francisco de Quevedo y Villegas. Llegó a ser tan grande su fama que se contaba que era capaz de desabrochar los botones del jubón del contrario sin herirle. Uno de sus primeros duelos lo tuvo de joven por quitar la dama a un compañero de estudios y tildarle los amigos de cobarde. Pero el más famoso ocurrió la noche del Jueves Santo del año 1611. Se encontraba don Francisco orando en la iglesia de San Martín de Madrid, cuando un hombre propinó a una mujer que estaba sentada en sus proximidades una sonora bofetada. La afrenta a una mujer honrada indignó de tal manera a Quevedo que agarró del brazo al agresor y le sacó a trompicones de la iglesia. A los pocos segundos los aceros se cruzaron con zigzagueante velocidad para caer mortalmente herido el desalmado que osó tratar de manera tan descortés a una dama en presencia de un caballero como Quevedo.

El que toca, pega.
Volviendo a épocas más cercanas, para conocer qué normas regían en los duelos madrileños del siglo XIX, tenemos que leer el libro del Marqués de Cabriñana, publicado en Madrid el año 1900, con el sugerente título de “Lances entre Caballeros: Código del honor en España”. En éste denso tratado se nos informa de los motivos por los que un caballero podía sentirse ofendido y, por lo tanto, retar a otro en duelo. Se consideraba ofensa “toda acción u omisión que denotase descortesía, burla o menosprecio hacia una persona o colectividad, si se realizaba con intención de perjudicar la buena opinión y fama del que se sintiera ofendido”. Simplemente el negar el saludo a un caballero, el retirar la mano que un amigo ofrecía o el volverse de espaldas cuando se dirigía la palabra a alguien, era suficiente para que un caballero se sintiera ofendido y pidiera explicaciones por ese descortés incidente. Si el ofensor declaraba que no había tenido intención de ultrajar, la ofensa desaparecía y no había derecho a exigir reparación por las armas. Las ofensas podían ser: leves, si afectaban al amor propio; graves, por atacar al honor y gravísimas, cuando existía contacto material de un cuerpo contra un individuo, como una bofetada, un bastonazo, lanzar un guante o agarrar a un caballero por las solapas. Un simple roce podía ser suficiente para sentirse ofendido, porque según la opinión de la época la gravedad de la ofensa no era proporcional a la fuerza del golpe y se creía firmemente que “el que toca, pega”. Se tenía que tener mucho cuidado con la respuesta que se daba a una supuesta ofensa, porque si a una ofensa leve se contestaba con una grave, ahora el que se consideraba ofendido era el que recibía la mayor ofensa.

Cuidado con rozar.
Hemos mencionado que se podía considerar una ofensa hasta un simple roce. Para ver hasta que punto esto era así, vamos a relatar un suceso real. A finales del siglo XIX, don Alfonso Aldama, uno de los mejores tiradores de espada que existían en España, marchó de vacaciones a París. Durante una representación teatral rozó con su codo derecho al vecino de butaca, el cual, con ademanes descompuestos le dijo: “Caballero, me está usted incomodando”. Don Alfonso, sabedor de su superioridad con las armas no respondió palabra. Continuó la función y al revolverse de nuevo en la butaca tocó otra vez a su vecino que le gritó: “¿Es que usted no quiere dejarme en paz?” A lo que replicó Aldama: “No gusto de dar escándalos en público, pero gusto menos de dejar sin castigo una insolencia”. El duelo estaba servido. El señor Aldama, al saberse superior con la espada, renunció a usarla eligiéndose la pistola como arma del duelo, pero en el trayecto al lugar del lance recibió el aviso de que su adversario había salido hacía dos meses de un manicomio. La situación se complicaba. Si le mataba, todo el mundo pensaría que había obrado con superioridad. Si no se batía, creerían que era un cobarde. Dejó pasar las horas y esperó que llegara el combate. El loco hizo un disparo tan malo que ni le rozó. Cuando le tocó a don Alfonso, con toda su sangre fría, disparó al aire. Tres veces el lunático erró el disparo y tres veces el otro disparó al aire y al finalizar la tercera tanda Aldama le dijo tranquilamente: “Amigo mío, vaya usted con Dios, que le enseñen educación y a tirar con las armas, y luego me busca cuando guste”.
¿Quién podía batirse en duelo?
El que recibía una ofensa mayor tenía el derecho de elección de armas, que únicamente podían ser espada, sable o pistola. Además, las ofensas eran personales, aunque había excepciones. Un hijo podía sustituir en el duelo a un padre sexagenario o impedido o, en sentido contrario, un padre podía sustituir a un hijo si éste era menor de veintiún años. También un padre podía tomar siempre la defensa de la hija insultada u ofendida, el hijo la de la madre, el hermano la de la hermana, el marido la de la esposa y en general, el caballero la de la dama que le acompañaba. Si embargo, el duelo nunca podía llevarse a efecto entre parientes próximos vinculados de consanguinidad, como el padre y el hijo, el abuelo y el nieto, los tíos y sobrinos; ni tampoco entre parientes políticos, como el suegro y el yerno, entre cuñados o los padrastros e hijastros. Tampoco era admisible que se entablara combate entre deudores y acreedores antes de que se solventaran las deudas. Una vez que había finalizado, los adversarios no podían reanudarlo si no mediaban nuevas causas y si uno de los combatientes caía muerto o herido, no se consideraba aceptable que los parientes o amigos de éste retaran al vencedor, porque los antiguos odios y las venganzas de raza y de familia no se admitían en las cuestiones de honor.
Los padrinos.
El caballero que recibía una ofensa debía pedir explicaciones inmediatamente. Si el ofensor se negaba a darlas o confirmaba su intención de haber molestado, se debía cesar ipso facto toda discusión entre ambos, procediendo el ofendido al nombramiento de padrinos. Los padrinos servían para representar a un caballero en las cuestiones de honor, teniendo amplias facultades para exigir y conceder explicaciones o solicitar una reparación por las armas si lo creían necesario, gestionando con plenitud de facultades todos los trámites hasta el desenlace del combate. Por todo ello, la elección del padrino era fundamental, debiendo estar dotados de una educación y corrección exquisitas para no empeorar más la situación con sus malos modales y, sobre todo, tenían que ser conciliadores, buscando por todos los medios compatibles con el honor, una solución pacífica y satisfactoria a la cuestión que se les encomendaba. Una vez que aceptaban el cargo, y antes de transcurridas veinticuatro horas del incidente, se presentaban en el domicilio del ofensor para manifestarle en términos corteses el objeto de su visita, rogándole que designase padrinos y elegir de común acuerdo la hora y sitio en el que debían reunirse. Una vez puestos de acuerdo los padrinos sobre el grado de la ofensa y a cuál de los adversarios correspondía la calidad de ofendido, debían procurar dar una solución pacífica y honrosa, con explicaciones y excusas conciliadoras. Si se conseguía, los representantes de ambas partes levantaban unas actas que firmadas eran entregadas a sus representados. Pero si los representantes del ofensor se negaban a dar explicaciones o los del ofendido las rechazaban, el duelo tenía que celebrarse, eligiéndose el arma, tipo de duelo y sus distancias, todo ello con arreglo a la gravedad de la ofensa recibida.
El día señalado para el lance.
Por regla general el duelo solía celebrarse dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes a la primera reunión de los padrinos, aunque en ocasiones esta norma no se cumplía y había caballeros que eran capaces de esperar meses hasta llevar al campo del honor a su adversario. Tal fue el caso de dos tenientes coroneles que viajaban en una fragata de Cádiz a Filipinas para incorporarse al ejército de esas islas. Uno frisaba los setenta años, el otro, casi treinta, pero aunque más joven era más antiguo en el empleo por méritos de guerra, por lo que fue nombrado jefe de la expedición. Esta situación disgustó al jefe encanecido que pensaba tener más méritos que el jovenzuelo. Nada más salir de Cádiz y al celebrarse la primera comida a bordo, el capitán del navío colocó a su derecha al de menor edad y a su izquierda al de mayor edad, cediendo además la preferencia en servir al joven. Éste sirvió primero al capitán y al ofrecerle en segundo lugar el plato al otro teniente coronel, éste lo rechazó en forma desabrida y algo violenta. Pocas palabras se cruzaron. El de más edad estimó mortificante la fineza; el joven calificó tal conducta de grosera y esto fue bastante para dejar planteada una cuestión de honor que se solventaría en el momento oportuno. No se habló más del asunto durante los cinco meses que duró la travesía, pero nada más pisar tierra el de más edad se acercó al joven cortésmente y con gran disimulo le preguntó dónde podía enviar y con quién tenían que entenderse sus padrinos para concertar un duelo. El lance se convino a pistola, a quince pasos y avanzando hasta tocarse. El mayor de los tenientes coroneles no pudo disfrutar de las islas pues murió a las treinta y ocho horas de un balazo en la garganta después de crueles sufrimientos, pero con un valor y serenidad asombrosos.
El lugar y la hora.
La hora elegida podía variar según las preferencias de los combatientes, pero solían efectuarse a primeras horas de la mañana y el lugar del encuentro, acostumbraba a ser un sitio aislado, fuera de la circulación y resguardado de miradas indiscretas. Los lugares preferidos en Madrid eran los aledaños de Vista Alegre, las Ventas del Espíritu Santo, las cercanías de los cementerios, las tapias del Retiro, la Alameda de Osuna, los patios de los cuarteles o los salones de tiro, aunque por la intimidad que suponían los duelistas gustaban de realizar los lances en fincas particulares, siendo la quinta del banquero don José Sabater, conocida como la “Nueva San José” y localizada en el Paseo de las Delicias, la más solicitada por permitir un enfrentamiento alejado de curiosos. Cada adversario tenía que acudir acompañado de sus dos padrinos y de un médico. La costumbre establecía que tanto los adversarios como los padrinos y médicos, asistieran con traje negro de levita, pero justamente antes de colocarse en sus puestos, si el duelo era a espada o sable, los duelistas debían despojarse de sus ropas exteriores, quedando desnudos de cintura para arriba pero con los pantalones y el calzado que usaran comúnmente. No era usual que lucharan desnudos, prefiriendo combatir llevando una ligera camiseta de lana o algodón ceñida al cuerpo para que la punta de la espada no tuviera dificultad en traspasar la prenda. Si el duelo era con pistola no se podían quitar la levita negra, no estando permitido que llevara el traje forros ni algodonados que pudieran frenar la penetración de las balas y, en el momento de colocarse los duelistas en sus puestos, se les obligaba a levantarse el cuello de la levita para evitar que la blancura de la camisa sirviera de referencia para dirigir el disparo.
Objetos fuera.
También tenían que despojarse de todos los objetos que pudieran detener o desviar la punta de la espada o el proyectil de un arma, sometiéndose al examen previo de los padrinos de la parte contraria. No era común que ocurriera pero en ocasiones la suerte podía favorecer a alguno de los duelistas, tal y como sucedió en uno de los duelos más famosos del siglo XIX en el que se enfrentaron el escritor Vicente Blasco Ibáñez y un oficial de la Guardia Civil. El arma elegida fue la pistola rayada de combate, la distancia 25 metros y el tiempo para apuntar, 30 segundos. Blasco Ibáñez erró su disparo pero el oficial no desperdició su oportunidad y el impacto del proyectil hizo que el escritor cayera al suelo. Cuando el médico y los padrinos acudieron para reconocerle vieron que don Vicente no se había despojado del cinturón y que la bala había golpeado sobre la hebilla de acero causando una tremenda contusión pero no la muerte. Los padrinos del contrario no pudieron descalificarle pues habían sido los encargados de reconocerle y no se dieron cuenta del detalle del cinturón. En otra ocasión, por cuestiones personales, se retaron a un duelo a pistola los directores de dos periódicos de prestigio. Cuando sonó la voz de ¡Fuego! dos disparos retumbaron en el campo del honor y uno de los duelistas cayó al suelo. Cuando acudieron el médico y los padrinos no vieron sangre por ninguna parte, pero el herido se quejaba del costado derecho. Al quitarle la camisa observaron la bala aplastada sobre un objeto envuelto en papel y que estaba cosido en la parte interior. Al desenvolverlo descubrieron con asombro que era una medalla de la Virgen de Lourdes que la novia había escondido la víspera del desafío. Cuando el que había efectuado el certero disparo vio la medalla, le dijo con sorna al contusionado: “Yo no sabía que me batía con un hombre acorazado”. A lo que muy dignamente el otro respondió: “Usted perdone, yo no sabía que tenía eso sobre mi cuerpo, le pido a usted mil excusas y le ruego vuelva a tirar sobre mí”. No hizo falta, el honor y la honra de ambos estaba suficientemente probada.
El enfrentamiento.
De entre los cuatro padrinos se elegía un director del combate. Éste recogía las armas y antes de entregárselas a los adversarios, si el duelo era a espada o sable, les decía estas palabras: “Señores, ustedes conocen y han aprobado las condiciones de este lance, a las que no pueden faltar sin menoscabo de su honor. Una vez que les entregue las armas, espero que cumplirán mis órdenes, no avanzando hasta que yo de la voz de ¡adelante! y deteniéndose cuando yo diga ¡alto!” A continuación los combatientes eran conducidos a sus puestos y a derecha e izquierda de cada uno se colocaban los dos padrinos de su adversario armados de fuertes bastones o de espadas para detener el duelo en el momento necesario. Dada la señal de ¡adelante! el duelo se iniciaba, suspendiéndose en el momento en que uno de los adversarios, testigos o el director lo solicitasen por haber notado alguna herida, la rotura de alguna espada, llegar al cuerpo a cuerpo u otro accidente que pusiera a uno de los combatientes en situación peligrosa de reconocida desventaja respecto a su adversario. Si el duelo era a pistola, los padrinos debían fijar el número de disparos que estaban autorizados a realizar cada adversario, dándose por terminado el lance al cambiarse los disparos acordados. Los hechos al aire se consideraban como dirigidos al contrario, pero si el que disparaba al aire era el ofendido, el adversario no debía responderle, porque esta acción equivalía a darse por satisfecho y los padrinos debían impedir la continuidad del duelo. Si el agresor era el que tiraba al aire, conservaba integro el ofendido su derecho a disparar cuantas veces se había estipulado.
La reconciliación.
Las escasas veces que los duelos finalizaban con la muerte de uno de los adversarios, con el fin de evitar complicaciones legales se solía falsear la realidad de lo ocurrido, publicándose la noticia en los periódicos de tal manera que todo el mundo se enterara pero nadie reclamara. Un ejemplo sería este suelto publicado en el periódico madrileño “El Resumen”: “Examinando unas pistolas, el capitán de artillería D.F.C. tuvo la desgracia de que se le disparara accidentalmente ocasionando la muerte del procurador D.G.C. El suceso ha causado gran consternación entre las gentes de toga, entre las que D.G.C. era persona conocida y estimada”. Si por el contrario, como era lo normal, el duelo finalizaba con un vencedor, éste, por conducto de uno de sus padrinos, preguntaba al herido si aceptaría su mano en el caso de que se la ofreciera, porque si se la ofrecía y no la aceptaba sería un nuevo ultraje a su honor que llevaría a un nuevo lance. Lo que era obligatorio una vez terminado el duelo era redactar un acta con lo ocurrido que se entregaba a los adversarios como constancia del enfrentamiento, no debiendo contener comentarios respecto al valor, caballerosidad o destreza de los implicados, porque cuando dos hombres de honor acudían al terreno de las armas asistidos por cuatro caballeros, debía suponerse que eran todos... dignos y valientes. Cuántos años han pasado y cuántas cosas han cambiado. Nuestro duelo ha finalizado y usted ha vencido por llegar hasta el final. Honor y gloria.
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