NO ES TIEMPO DE MILAGROS
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Los portales, el asfalto, las cabinas
telefónicas; de la ONCE, la caseta.
El paso de cebra, la entrada;
los cubos blancos, la cruz roja sobre
ellos:
la música del olvido y la palabra.
Leonor, setenta y cuatro años,
junto a la ventana.
Lleva su trombosis y su parálisis,
todo el lado izquierdo del cuerpo,
hasta el llanto y el lamento.
Carmen, noventa y uno,
la más próxima al pasillo
de vuelta.
Ladra el dolor físico de los
años:
parece que cuenta de fuegos, de úlceras...
mas rebotan en la puerta de entrada.
El sol ilumina el día de julio,
la gente camina despacio o de prisa;
los bares, las copas, las palmas, la
risa.
El aire se para y se mueve a su antojo:
La Sombra se esconde en la sombra del
tilo.
Cipriana, setenta y nueve,
en el centro de la sala.
Respiración de agua:
vaivén de la sangre putrefacta
en la sonda...
y no se queja.
—¡Sólo la mosca sobre la
porcelana de tu frente
anuncia la caída que tras el
corte la anciana provoca!
—"Cipri", levántate y anda —digo
tras la lágrima cierta,
cual Él con Lázaro...
y no responde.
Se
conoce que
no es tiempo
de milagros,
todavía. |