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. el invierno de la emigración, las vacaciones del verano. .
No hacía falta que tú me enseñaras
el amor que aquella tierra
encendía en ti, ni a leer el paso de otras vidas en las piedras de los caminos. .
No hacía falta que tú me contaras
que cuando avistabas la sierra,
el cuerpo todo se te distendía y acudía a ti la serenidad del que sabe que vuelve con los suyos. .
No hacía falta que me describieras
la gran belleza
de ofrecimientos anónimos que veías en las paredes del viejo monasterio derruido, ni que el agua de la laguna te cantaba inmemoriales romances, coplillas antiguas, reflejos de luna. .
No hacía falta que me hablaras del
secreto que guardaba El Risco Chico,
los llantos de los cristianos antes de caer por el acantilado, la silla del moro, el corral del cabrero, ni del túnel adornado con teas que, desde el pozo de la plaza del pueblo, subía hasta El Risco Grande. .
No hacía falta que lloraras recordando
la Nochebuena
de cuentos interminables, al calor de la lumbre alta que levantaban las encinas secas, inmersos en el humo, arrobados por la voz del abuelo sabio que sabía mantener la tensión de la narración como nadie, ni que mostraras el brillo de tus ojos al mentar a tu hermanita muerta. .
No hacía falta que destaparas el
hechizo de las raíces,
ni la profundidad que descansa en la yerba seca y en la paja de las parvas, ni que bebieras de la fuente del avellano, ni que aquella calle con paredes revestidas de zarzales era la calle de las navajas, la de la sangre de amores contrariados, ni que me llevaras a ver la tumba de la abuela; no hacía falta, no, porque yo fui siempre de allá. |
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OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD |