Cabe
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"Cipri", la mañana de la muchacha
que corría.
Imaginar el aire que escapa de la cara
y el jadeo.
Cabe Ana, la esposa que llevaba la luna
de miel por bandera,
la que sentada sobre el pollino miraba
la llanura.
Pensar en la hondura y oler el polvo
del camino del huerto.
Cabe "Cipri", Antonio el churrero, el
labrador de tierra ajena
que nunca mató a nadie, el vendedor
de sardinas saladas
en tiempos de hambre, el de los helados
a la antigua usanza.
Creer en los días que fueron
la fuente del pensamiento.
Cabe Ana, tu corazón y los sentimientos
que esta lectura provoca,
y los azufaifos olvidados, y el sigilo,
y la soledad del rincón
que viste los cementerios, y la tonada
triste que nadie tararea
y que baga por los caminos del éter.
Saber que el presente, el pasado y el
futuro han muerto.
Cabe Cipriana, estas estrofas que suenan
cual la campana
afónica de las viejas iglesias
de los pueblos escondidos,
apenas un remedo de los cuentos que
las piedras cuentan
a los viajeros solitarios, acaso un
bosquejo de los lamentos
que el ocaso dicta al corazón
despierto.
Ignorar que la tierra es inane, cual
el gemido del viento. |