PAJA PARA EL FUEGO
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Decir que le voy a poner
a mis musas tu nombre
es como asegurar que vives
en la profundidad, y que por ende
participas de esas otras dimensiones,
que La Parca te ha restablecido
en las sutilezas del alma, que conoces
mejor que el que escribe el aliento
que mueve el camino de los hombres.
... Es participar de la certeza
que lleva a estas palabras: tú,
grano de arena en la comunión
de los santos, grano de trigo
entre la multitud de las ciudades
—¡qué olvido cruel el olvido!—
enterradas; ahora inmersas en tu espíritu
expandido, en ese segundo inexplicable
que aguanta el presente eterno: Él.
Decirlo es ya sumergirte en este océano
y burlar a la extinción, hacerte
salir,
renacer en los otros, que se acerquen,
que conozcan la morada última:
que cruces la frontera y te adaptes
a cada pensamiento, que te reduzcas
y te agrandes, que te muevas.
Decir que le voy a poner
a mis musas tu nombre
es paja para el fuego de los hombres. |