LA SOLEDAD DEL RINCÓN
. 
. 
. 
Todos te amábamos mucho, mas...: 
¿quién, consanguíneo, aquella noche, 
rezó un rosario por tu alma?

Nadie, que se sepa; 
únicamente yo.

Te queríamos mucho sí, pero...: 
¿qué esposo, qué hijo, aquella tarde, 
participó en tu fe, de tu inocencia?

Nadie, que se viera; 
exclusivamente yo.

Todos acompañábamos tu féretro, 
cada cual a su manera; pero... 
sólo Él pudo abrazarte.

Nadie. No sentí nada; 
sólo la soledad del rincón.


OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD 
PRIMERA PARTE
Los versos de la historia