|
|
|
. .6 Para que el amor no nos incendiara, quemamos las naves y los papiros. Las estanterías se hicieron brasas, y después cenizas. Los soportes magnéticos perdieron norte y señalaron el reloj parado del ayuntamiento. Mientras hubo calor, dijimos, somos el silencio, y descubrimos la inmensidad de las eternidades minúsculas, apenas un aliento, acaso un suspiro, efímeros protoplasmas. Luego vinieron los residuos del fuego y nos expulsaron de la rama de aquel pensamiento: en él nos habíamos asentado, desde él y su altura mirábamos la vida pasar como algo ajeno y distante. ¿Recuerdas que lo llamamos Abril? Y caímos mezclados con la lluvia sobre el capó de un coche polvoriento, e hicimos el barro. Apenas nos dio tiempo a escribir el verso: Renunciamos. |
|
MULETA Y VIENTO |