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Del verano el atardecer, cuando la luz
no termina de sofocar los cántaros grises
del ocaso y el horizonte es naranja y rojo.
La batalla que va entablando el ángel muerto
de la tierra con el cornudo del cielo acaba.
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Y la noche se ensancha en el mundo de monedas
quebradas que el poeta celebra, bajo la luz
extinta de la silueta larga y el olmo alto.
Los tilos sobre el llano y el son de los vientos
en las ramas, que se cimbrean y acaso olvidan.
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En ese preciso momento, cambia todo...
y nos brotas. No se te siente, pero estás allí.
El reflejo de estas frágiles vidas nuestras 
que tenemos va entrecortando el aliento y nace.
No tienes ninguna imagen clara, ni un ritmo.
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Indefenso. La magnitud de tus alas corta
las leyendas que nos contaron: sólo trocitos
de confeti abandonados en las aceras.
Formatea que el corazón se detiene y gime
y que la lágrima... mudanza es de sal a la boca.

MULETA Y VIENTO 
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Amigo silente