LIENZOS DEL PASADO
Capítulo Segundo
 
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1
          El pueblo capituló finalmente tras un mes de asedio y un millar de muertos. Fue entonces cuando los militares rebeldes penetraron en el convento, sobre las tres de la mañana.
          — Sus armas escupían muerte sobre todo lo que se movía.
          Los hábitos blancos y negros se plegaban y arrastraban con ellos a aquellas figuras inmóviles que se santiguaban y rezaban. Venían ciegos de ira, sin alma, repartiendo angustia, rabiosos por la resistencia que aquella minúscula población supo oponer a sus planes, desconcertados por los cánticos y las loas al Dios de todos los cielos con que las monjas les bombardeaban el alma negra.
          — La Madre Superiora se puso al lado de los heridos cuando derribaron la puerta principal, entre las religiosas escogidas y los combatientes — comentó un soldado raso.
          Intentó decirles que aquello no era un campo de batalla sino una casa de oración y caridad; pero ellos no la dejaron hablar y dispararon. Fue la primera en desparramarse por el suelo y dejar que el líquido rojo le corriera pecho abajo. El silencio duró escasamente el tiempo que ella tardó en expirar.
          — Los fusiles lanzaron nuevamente sus mensajes de muerte innecesaria, un grito de terror que el eco impasible repetía. Las figuras blancas y negras fueron derrumbándose; algunas dieron pasos desmañados intentando una huida imposible. Parecían torpes pingüinos borrachos — concluyó El General.


2

          Esperanza interpretó aquella violenta intromisión como el preámbulo de la tribulación final.
          — Sor Esperanza había sido encerrada bajo llave en su celda; inútil intento de preservarla.
          Se metió muy dentro de sí, transformó su cuerpo en un habitáculo oscuro y cálido cual había hecho desde muy niña; cerró inclusive los ojos, se arrodillo, y rememoró aquel día lejano de su infancia. Se dibujó acompañada de "Fule", ascendió hasta la cúspide de lo que ellos llamaban la media naranja del convento, se cayó desde la altura de dieciséis metros de la cúpula de la nave central, en medio de las hermanas que oraban, arropada por aquel silencio sacro.
          Evocó, sí, que aquel día había sentido su cuerpo inmóvil y su espíritu libre, no otra cosa que la consecuencia lógica del terrible golpe contra el suelo de mármol blanco. Perdió pues de nuevo el conocimiento y vio aquella senda dorada que flotaba en la oscuridad y que la inducía a ir hacia una luz brillante y cegadora. Se le acercó aquella felicidad inenarrable, la que nunca después, en toda su existencia, había de sentir con tanta fuerza. Recordó también el día de su aceptación de Cristo como esposo, reconoció aquella presencia en forma humana que transmitía sólo Amor, escuchó aquellas sus palabras de melaza.
          — Volveremos a vernos. Ahora regresa, que aún no es tiempo — declaró el ánima.


3

          Los soldados siguieron sembrando el claustro de cadáveres y el silencio monacal de gritos de espanto. Se acercaban más y más, llenaban el aire de olores a pólvora y chamusquina, borraban la fragancia de las rosas e inculcaban el terror en los corazones. Sor Esperanza pensó que ya no habría que esperar más.
          — Finalmente se va encontrar con El Amado, con ese ser deifico que el sueño del coma infantil le había proporcionado.
          Examinó su pasado y no encontró más que cosas minúsculas, pecados de inconstancia y silencio; y muchas horas, demasiadas quizás, de entrega a "Fule".
          — En la primera infancia me sentí como un animalucho de feria, él mirándome desde la cuna, incansable, chupándose el dedo gordo del pie izquierdo. Y fui adquiriendo una paciencia inquebrantable, él llorando, en cuanto me alejaba de su cuna; también corrí hasta agotarme, él tirándome la pelota a rayas blancas, azules, y rojas, ordenándome ir a buscarla, como quien se lo dice a un perro. En la niñez, hube de soportar sus celos cuando, después del batacazo, llamada por una fuerza irresistible, me ocupaba más de las cosas de la iglesia que de sus caprichos. En la pubertad, tuve que sobrellevar sus persecuciones por toda la casa, cuando él buscaba arrinconarme en una esquina y acariciarme los pechos apenas florecidos, y que mis angustias nocturnas me quitaron muchas noches el sueño, sobre todo cuando él prometió que por encima de todo sería suya y nada más que suya. Después, que la furia desbordada de Don Agapito al enterarse de las pretensiones de su primogénito para conmigo, me había pedido en matrimonio, la tuve que soportar yo, la criada silenciosa y escuálida. "La hija del revolucionario, la desagradecida, la que nunca comprenderá el trato de favor que le dispensé al recogerla en mi casa, en atenderla como a un ser humano", que dicen que gritaba el amo. «Esto, Señor Jesús, te ofrezco.»


 4

          Sor Esperanza, cuando la puerta de su celda fue derribada, estaba de pie y en este lado visible de las oraciones. Miraba a la entrada y veía que se desplomaba parte del tabique en medio de aquel estruendo atronador, el lecho rozándole la trasera de los hábitos, y la ventanilla con una reja simple en las alturas. La mesa y la silla de madera sin cepillar seguían a su izquierda. A su derecha el crucifijo y la llama que ardía en el candil de aceite, y aquella sombra del crucificado sobre el blanco inmaculado de la pared y el techo. Entró pues el olor a pólvora y a sangre.
          — Una presencia oscura y terrorífica –comenta el ciempiés.
          Se dibujó la silueta de un soldado desarrapado y sucio en el rectángulo de la puerta caída. Llevaba el fusil en prevenga. Se oía claramente su respiración agitada sobre el tiroteo y el silencio de antaño. Se olía aquel sudor suyo de ira, como de fiera hambrienta. Se hizo el silencio inmóvil repentinamente.
          — Un milagro hubo de ser –silba la hoja del cerezo que cae.
          Las ranas no croaban en la lejanía de la laguna; tampoco cantaban las cigarras, ni los grillos. Ni el lobo osó lanzar su aullido nocturno pidiendo amor, allá en las espesas retamas de la sierra.


5

          — Ha llegado la hora –dijo el hombre.
          Ella reconoció la voz de " Fule", sintió que volvía el infortunio y con él los sonidos del pasado miserable; y se le vino la tristeza que citara el poeta de golpe. Mas no perdió la calma. Permaneció quieta, a punto de romperse, tensa. Comprendió que él no iba a matarla físicamente.
          — La espera de El Amado aún ha de continuar — confirmó la religiosa.
          Apretó el crucifijo entre las manos y preguntó intentando que no le temblara la voz:
         — ¿Qué quieres, patrón?
          Él la miró con unos ojos de deseo irrefrenable, aquella mirada sin parpadeos en la que se percibían las mil y una noches de caminos solitarios. El viaje terrible del amor no compartido le taladraba el alma, y el mundo de tinieblas y desconsuelos, aquel fuego inextinguible de amarguras ancestrales, le quemaba el corazón. Pero no dijo nada, apoyó el fusil en la pared, se quitó la gorra, y empezó a desnudarse sabiendo que tenía todo el tiempo del mundo.
         — Mi alma y mi cuerpo son de Dios solamente. Ahora, puedes tomar mi cuerpo a cambio de la eternidad dichosa que Dios nos ofrece, condenarte para siempre; pero nunca tendrás mi alma, ni mi amor, porque eso sólo es de Él, del Cristo que tú hiciste nacer en mí el día que me empujaste y caí desde la media naranja. Puedes destrozar, de hecho ya lo has hecho, todo lo que en mi vida he ansiado; pero nunca, por mucho que lo intentéis, nunca, créeme lo que te digo, nunca, conseguirás que te ame. Todo lo más que te compadezca — protestó.
          — El infierno no está en el otro lado, sino en éste.
          Sor Esperanza rezaba mientras "Fule" desgarraba sus vestidos y se hundía más y más en la desengaño del pecado, ofrecía a El Amado toda la indignidad que experimentaba.
          — Toma como ofrenda este cáliz, Señor, y sacia el mundo de tu luz —comentó.
          Pero no lloró, ni gritó, ni se mesó los cabellos como hubiera hecho su madre; ni gimoteó. Se quedó tumbada en el lecho de espinas, reconstruyó el afecto que le mostrara aquel perro encadenado del primer día en casa ajena, volvió a revivir las tardes en la iglesia del pueblo, se sedó con el recuerdo de aquellos anocheceres del corazón flameado por el amor y por el deseo, y la súplica del reencuentro con aquel ser luminoso.
         — Regresar a sus ojos cristalinos y a su mirada de caricia aterciopelada, ir a Aquel del otro lado de la vida  — eran sus palabras.
          Cerró los ojos, construyó un campo de amapolas con la excelsa luz del sol, el aire limpio, oloroso; la laguna de aguas álgidas allá en donde empieza la llanura, la sierra abrupta, y el perfil de su joroba de camello tocando el paraíso.


6

          Llegó finalmente el alba. Sor Esperanza se levantó cuando todo era otra vez silencio y el mundo parecía haberse detenido. La vieja manta de la cama le sirvió de abrigo. Sus hábitos eran un amasijo de trapos manchados por la baba negra del deseo irrefrenable, toda ella inmersa en el aire frío que le hería los pies descalzos.
          Las alpargatas habían desaparecido. Los ojos hallaron el horror al salir de la celda. El suelo estaba húmedo, la sangre derramada de las hermanas cubría las baldosas como una capa de barniz, la muerte paseaba su olor nauseabundo por el claustro, la capilla, el jardín. El convento entero era pasto de la muerte. Los buitres comenzaban sus vuelos circulares en lo alto, en el cielo azul inexplicable. La luz del sol que quiere volver a nacer le hizo cerrar los ojos cuando desde el campanario miró al Este. Tuvo que retirar la mirada del horizonte y volverla al pueblo, ya entonces un ente de aspecto fantasmagórico, envuelto completamente por la niebla. La torre del ayuntamiento, y la de la iglesia, taladraban el mar blanco como dos dedos índices señalando las alturas. Los sones cotidianos habían desaparecido, las esquilas de las ovejas callaban, los silbos de los pastores parecían no haber existido nunca, los bramidos de los toros bravos en la dehesa semejaban como a especie de sueño olvidado. Y el aire ululando, como al principio del mundo.
          Bajó lentamente por la calle que lleva a la Plaza del Arcipreste, sin rumbo y como sonámbula. Fue viendo el mismo espectáculo, cuerpos rígidos de color madera encerada con un orificio negro y un riachuelo rojo agostado en los pechos, en los vientres, y en las cabezas. Expresiones de pavor en los rostros, abrazos postreros en el quicio de la muerte. El rojo vertido sobre la niebla, las casas derruidas, hechas añicos. Las paredes en equilibrio insostenible, la brisa niña y desganada trayendo olas de frío por entre una niebla que parecía brotar del suelo.
          — El aliento sofocado de la tierra — dice el relincho del potrillo.
          No tuvo noticias de supervivientes hasta que no estuvo sentada en el brocal del pozo de la Plaza Mayor, tras haber atravesado la del Arcipreste y la de la Cruz. La iglesia, el ayuntamiento, las casas señoriles, eran una mancha oscura sobre el blanco de la bruma. Sentía como si la historia hubiera terminado y sólo ella pudiera certificar lo ocurrido.
          — Ella únicamente habrá de dar noticias de lo sucedido, archivar en la memoria la infamia de los hombres.


y 7

          Y primeramente fue un quejido, luego unos pasos arrastrando algo; mujeres y niños que caminaban sin norte y con los ojos en blanco. Los vio cuando estaban a punto de tropezarse con ella, una decena de seres enloquecidos que buscaban algo a lo que asirse. Sor Esperanza oyó el coro de lamentos cada vez más nítidamente.
          — ¡¿Qué te hemos hecho, qué te hemos hecho? !
          — ¡Jesús, ampáranos; Jesús oye nuestras plegarias!
          Eran voces de anciana y de hombres con olor a tabaco. Advirtió que todos caminaban con los ojos enfocando al suelo. Nadie deseaba observar el cambio de las cosas, todos aborrecían la percepción terrible que era la existencia; navegaban en el mundo impropio del ayer. Recordó a El Amado colgado del madero y vio la sangre que le extraía la corona de espinas, sintió los clavos de las manos y los pies, el dolor que la injusticia genera en el inocente; y se dijo que su cruz era liviana.
          — Ellos me necesitan. Él me necesita.
          Se levantó, se acercó a la procesión de enloquecidos, los miró con unos ojos de ternura indescriptible.
          — Venid, bebed un poco de agua.
         Mas ellos se mostraron asustados, se pararon en seco, les volvió el frío del miedo a los corazones; las manos y las piernas temblando.
         Dos segundos tardaron en reconocerla, dos largos segundos pesando sobre ellos como toda una eternidad, sus corazones recargándose de inquina y sus mentes del recuerdo del asedio. La tozudez de Don Agapito para con su hijo "Fule" al no querer entregarle a la monja era lo único que les quedaba en el recuerdo.
         — La causa primera de nuestras desgracias — masculla el anciano.
         — Con lo fácil que hubiera sido entregarla. Era una por todos. Una, ésta, hubiera evitado la matanza — comenta la multitud.
         Dos segundos más demoraron el apedreamiento; éstos infinitamente más cortos y tan veloces como las mismas balas.
         Sor Esperanza recibió la agresión en silencio, punzadas que luego se transmutarían en infinidad de cardenales; en las piernas, en el vientre, en el estómago, en los brazos, y finalmente en las sienes. Luego la oscuridad.
         — Ellos siguieron pateándole todo el cuerpo e insultándola.