ASOCIACIÓN

 

PROLOGO DEL AUTOR

 

       Estimado lector, quiero que sepas que este libro ha sido pensado y escrito con el fin primordial de que pases un buen rato con su lectura.


       Tengo que advertir, en especial a los lectores eruditos, que no tienen entre sus manos un libro de historia, ni tan siquiera me atrevo a calificarlo como una novela histórica, sino más bien podría considerarse un relato de aventuras que se desarrolla en el marco de una determinada época, la Plena Edad Media. Para empezar, exceptuando a unos cuantos personajes verdaderamente históricos que se citan ocasionalmente- Pedro II de Aragón, el Conde Simón de Montfort, el Papa Inocencio III y pocos más- todos sus protagonistas son ficticios.


       El conocimiento que tengo de la época en que transcurre la aventura no es profundo, pero a mi juicio más que suficiente. Se nutre del contenido de varios centenares de ensayos y artículos especializados relativos a la Edad Media, así como del fruto de lo aprendido en mi inacabada carrera de Historia. También se podría incluir por supuesto el básico bagaje que te proporciona nuestra cultura sin necesidad de haber estudiado o leído nada específico sobre el tema. Me refiero a los cuentos que escuchas desde pequeño, basados mayoritariamente en dicha época, a leyendas, a películas… fenómenos que crean en la conciencia de cualquiera una imagen sobre el medievo, que nos permite, incluso no teniendo ningún tipo de estudios, hasta siendo analfabetos, poder seguir y entender el relato de una historia que se desarrolle en aquellos tiempos.


       La lectura de una pila de volúmenes sobre la Edad Media no representa en ningún modo un trabajo genuino de investigación, si entendemos ésta como el análisis de fuentes y documentos originales, pero lleva su tiempo y no deja de tener algún mérito, y con ello he tratado ante todo de no meter la pata y confundir al lector contándole cosas que no pudieron ser de ninguna manera. Aún así, sin duda habrá errores, espero que no muy groseros, anacronismos e inexactitudes históricas como se encuentran en cualquier otra publicación de esta temática, incluidos muchos grandes clásicos.


       En mi descargo he de decir que en realidad no se sabe demasiado de lo que realmente pasaba hace ahora ochocientos años. He llegado a la conclusión de que un siglo como el trece, que empieza a estar suficientemente documentado dentro del vacío en que se sumerge el medievo, es relativamente desconocido para los historiadores, por supuesto no me refiero a los acontecimientos sobresalientes sino a las formas de vida material, mental y espiritual de sus gentes, y ello por varios motivos: El primero que, al igual que ocurre en la actualidad, había sucesos cuyas causas y consecuencias quedaban ocultos a la inmensa mayoría de la sociedad y sólo eran patrimonio de unos pocos, pues suele pasar que una importante cantidad de acontecimientos ocurren por voluntad de un pequeño número de poderosos, por lo tanto son secretos, lo fueron entonces y probablemente lo sigan siendo en el futuro.


       En segundo lugar, no se conservan demasiados textos auténticamente coetáneos, muchos se han perdido y otros no se han estudiado. Los utilizados muchas veces sirven, antes que para informarnos de la realidad que vivían aquellas gentes, para confundirnos aún más.


       Los escritores de entonces, no eran suficientemente objetivos, no se puede decir que el objetivismo fuera una virtud muy apreciada en el medievo. Casi todos, por no decir que la totalidad, eran clérigos que vivían inmersos profundamente en su religión, con todas las connotaciones positivas y negativas que ello conlleva. Uno de los frutos que se derivan de esta postura es el percibir la realidad desde un punto de vista “espiritual”. De tal manera que todo, cualquier acontecimiento que aconteciere, se interpretaba como una señal celestial y se le daba una explicación trascendente. Por lo tanto, los sentimientos, lo subjetivo y la imaginación, prevalecían sobre lo sensible, lo objetivo y la razón.


       Por ese motivo los datos que aportan no siempre son auténticos, a veces se inventan y otras muchas se exageran. La verdad se manipula en beneficio de lo político o eclesiásticamente correcto.


       La prueba es que los estudiosos consultados no llegan a ponerse de acuerdo en la explicación de los hechos, ni en infinidad de conceptos y definiciones. Sus teorías son revisadas constantemente por otros nuevos investigadores que las corroboran o las echan por tierra. Y es que aparte de la pobreza y la poca fiabilidad de las fuentes, también hay que tener en cuenta la ideología personal del historiador, que muchas veces colorea los acontecimientos con su particular visión de los mismos al tratar de justificar con ellos “realidades” de la actualidad. De modo que, los entendidos lo saben, la Historia no es una ciencia exacta, como pueden ser las Matemáticas, sino una materia viva que se transforma sin cesar y constantemente está conociendo verdades y erradicando desatinos.


       Citaré como ejemplo de lo que digo, que entre la bibliográfica consultada he encontrado importantes contradicciones imposibles de aclarar consultando otras fuentes, pues éstas no consiguen sino sumergirte en nuevas dudas, de modo que cuanto más intentas profundizar para resolverlas, más confuso te encuentras. Con ello no pretendo criticar a nadie, sino justificar algunas de las aparentes inexactitudes que puedan encontrar los lectores expertos en historia medieval. Es probable que otros datos históricos erróneos no tengan la más mínima excusa. En ese caso pido disculpas y quedaría muy agradecido con la persona que me sacase de mi error.


       Quisiera igualmente pedir perdón a otro tipo de especialistas como médicos, veterinarios, naturalistas u otros, si hallasen en estas líneas alguna barbaridad. He intentado documentarme lo suficiente como para no escribir disparates, pero siempre puede colarse alguno. Si esto resulta así, ruego encarecidamente al lector que tenga la flexibilidad y paciencia suficientes como para sortear el escollo dándolo de lado, y no permita que ello de al traste con el resto de la narración.


       Los paisajes que torpemente describo en estas líneas, son todos tomados del natural, pues me he molestado en recorrer, aunque sea de forma somera, el mismo trayecto que transitan los protagonistas a lo largo de su aventura, exceptuando naturalmente el supuesto lugar donde se inician los hechos, que es totalmente inventado. Por supuesto que hay que echarle mucha imaginación al asunto para poder situarse en el posible panorama de la época, porque aparte de la silueta de las montañas, poco queda de original en los paisajes que ahora podemos contemplar de lo que fueron hace ochocientos años. La roturación de los bosques casi hasta su desaparición y la sustitución de las especies endógenas por otras económicamente más rentables, las obras hidráulicas que han cambiado el caudal de los ríos y a veces incluso su cauce, el desbordamiento urbanístico de las ciudades que ha invadido los campos por doquier… Puedo incluso pensar que el clima y el color del cielo ya no son los mismos debido a las profundas agresiones que desde hace un par de siglos está sufriendo nuestra atmósfera.


       Un grave problema se me presentó a la hora de retratar las costumbres y actividades de la época. He encontrado muy poca información sobre cosas tales como alimentación, diversiones, higiene, sanidad, medida del tiempo, etc. Sin duda hay algunos estudios, pero a mí me han parecido escasos, muy generalizados o excesivamente particularizados, y en algunos casos contradictorios, o bien no los he sabido recopilar. En algunos casos lo he resuelto a base de imaginación y una buena dosis de sentido común.


       En este orden de cosas, me hace gracia cuando algún investigador cita que tal o cual plato regional apareció en tal siglo y en tal comarca, y ello basándose, digo yo, en que la primera vez que a alguien se le ocurrió citarlo en una fuente escrita, fue en ese momento y no antes. Pero cualquiera estará de acuerdo conmigo en que un plato tan extraordinariamente sencillo como una sopa de ajo, llevando el hombre poblando nuestro planeta desde hace un millón de años (por decir una cantidad cualquiera dado que en esto tampoco se ponen de acuerdo) fuesen a esperar al siglo XVIII de la era cristiana, hace trescientos años, para descubrir que podían sofreír unos ajos con un poco de pan y luego echarle agua. No yo no me lo acabo de creer. Otro caso distinto es que algunos productos como las patatas, el café o el chocolate no hayan aparecido en Europa hasta tiempos relativamente recientes.


       Permítaseme una última licencia: el lenguaje utilizado en los pocos diálogos que se desarrollan en la obra es, salvo exiguos detalles, el usado actualmente. Por supuesto que ello se debe a una economía de esfuerzos, pero hay que hacer notar la dificultad que habría entrañado su lectura de ceñirnos a la auténtica forma de hablar de aquella época. Así pues, he preferido huir de los estereotipos lingüísticos supuestamente medievales en beneficio de la claridad de expresión, considerando, creo que acertadamente, que ellos se escucharían así mismos con la misma naturalidad con que nosotros nos entendemos hoy en día.


       Quiero dejar muy claro otra cosa a aquellas personas que ejerzan el papel de padres o tutores con responsabilidad sobre gente menuda, esta novela no es literatura infantil, está concebida para un “público adulto” -aunque a muchos lectores les pueda parecer su contenido simplón y cándido- y con ello no me refiero a que sea necesario tener veintiún años cumplidos ni tonterías semejantes, dado que la madurez pocas veces tiene que ver con alcanzar tal o cual edad. A buen entendedor…


       La historia que relato, podría muy bien terminar en la última página de este volumen- los hechos demoledores sucedidos hacia su final serían suficiente para darla por concluida- pero no es el caso. Para desgracia de los que la sufran, para consuelo de los que la disfruten, la aventura continúa, y tarde o temprano será seguida por sus inevitables secuelas, ya en proceso de “germinación”. Es evidente que sólo podré engañar al lector una vez, así que supongo que el siguiente libro únicamente lo adquirirán aquellas personas realmente satisfechas con el primero.


       Terminando ya, me gustaría hacer la siguiente consideración: la lectura reposada de esta novela te puede llevar de quince a cuarenta horas ininterrumpidas, depende lógicamente de cada lector. Y te recuerdo que tu tiempo es precioso ¡no lo desperdicies! Si crees que no dispones de tanto, si no te interesa demasiado el tema, déjala dormir en alguna estantería hasta que te alcance el momento adecuado, vacaciones, jubilación, enfermedad (Dios no lo quiera)… Tal vez no se presente nunca la coyuntura, pero no importa, tendrás en tu casa, no una buena obra de arte, seamos honestos, pero sí una obra buena, escrita con el único fin de entretener y no confundir. Un día puede que la encuentre allí algún conocido tuyo que le sacará provecho, bien porque le gusten las historias o cuentos que se desarrollan en la romántica – para los que no la vivimos- Edad Media, bien porque necesite llenar las horas de su tiempo y decida hacerlo con una novela de pueriles aventuras. Pueriles sí, pero repletas de profundo significado.


       Lo que si me atrevo a aconsejarte es, en primer lugar, que no te estropees la posibilidad remota de disfrutar de una historia cuya creación tanto tiempo y esfuerzo ha costado, mal leyéndola, ojeando los capítulos que parecen más interesantes, empezando por el final, anticipándote constantemente a la exposición que te proponen sus autores… Y, en segundo término, que bajo ningún concepto la leas por “obligación”. Antes bien, te propongo que esperes el momento oportuno y cuando éste se presente, lo hagas desde el principio y sin interrupción -si te eternizas en ella, igualmente estropearías su contenido- hasta su término o su fracaso, o sea, el punto en que te empiece a producir el mínimo aburrimiento o enojo.


       Si no la comienzas nunca, o no la acabas jamás, no será culpa tuya… tampoco nuestra. Nunca consideraremos ello un descalabro, pues esta novela tiene su público concreto, tal vez marginal, pero con seguridad lo tiene. Será un millón de personas o sólo una, pero alguien en algún rincón del mundo está deseando leerla. Para esa una, o para ese millón, ha sido escrita. Si disfruta/n con ella, ya somos dichosos.